Clara sintió miedo y se fue arrastrando hacia atrás.
Cecilia se inclinó frente a ella y, viéndola directo a los ojos, dijo:
—Nunca me trataste como a una hija. Y no creas que no sé lo que planeaban hacerme, cómo querían “desaparecerme”.
—Yo no les hice nada, y aun así no me soltaron. Les daba pánico que yo regresara a pelear por la herencia. Eso habla de lo miserables que son por dentro. Ya me engañaron una vez. En esta vida, yo vine a ajustar cuentas con ustedes.
—Sí: lo que le pasó a la familia Valdés fue por mí. Todo tiene que ver conmigo. Pero se lo ganaron a pulso. Clara, eres una víbora. Solo te importan tus hijos; por los demás no sientes ni tantita compasión.
—Esto es consecuencia de lo que hicieron. Su propio castigo.
Cecilia lo dijo con una calma helada, palabra por palabra, firme.
A Clara se le erizó la piel.
—Yo… yo no sé de qué estás hablando… —balbuceó Clara, negando con la cabeza, asustada.
Sí, había querido deshacerse de ella, por miedo a que regresara por la herencia…
Pero al final ni lo llevaron a cabo.
Y eso de “otra vida” no lo entendía. Le sonaba a locura.
Cecilia solo le dio una mirada rápida, sin más, y se dio la vuelta para irse.
Mónica se acercó y le dijo a Clara:
—Señora, para que te quede claro: ¿sabes de quién es este hospital en realidad?
Clara no dijo nada.
Mónica soltó una risa burlona.
—Amiga, ahora sí te desquitaste —dijo Mónica, tomando del brazo a Cecilia—. ¿A poco no se sintió bien? Apuesto a que los Valdés se arrepienten de haberte tratado como te trataron.
—Yo tampoco pensé que viniera a rogarte aquí.
—Dicen que Iker trae el corazón muy mal… y además medio paralizado. Si lo trajeran aquí y tú lo atendieras, seguro se recupera. Pero pues… se lo buscaron. Esa gente no vale la pena.
Las dos fueron platicando mientras subían.
Hablaron un poco más del estado de Damián. Cuando Mónica supo que su papá estaba estable, por fin se tranquilizó.
—Mira, tú vienes y mi papá hasta se compone —bromeó Mónica—. De verdad le caes increíble. Cuando tú no estás, me ve y se la pasa hablando de ti, de lo lista que eras de niña… que yo no te llego ni a los talones, que aprenda de ti.
—El Sr. Fonseca lo dice para que te pongas las pilas —sonrió Cecilia.
Mónica era lista y de buen corazón; solo que en ese momento le gustaba más divertirse.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Regreso de la Muerta: La Venganza de Cecilia