—Cecilia, ya te defendí. Para que me lo agradezcas… súbete y vamos a dar la vuelta —dijo Ismael, sonriendo.
—Va —aceptó Cecilia.
Ismael hasta pensó que había oído mal.
¿Así de fácil?
Cecilia estiró la mano, le arrancó las llaves, abrió la puerta y jaló a Martina.
—Súbete.
Martina ni alcanzó a reaccionar y ya estaba adentro.
Cecilia arrancó el carro como si nada, pisó el acelerador y el deportivo salió disparado.
—¡Oye! ¡Yo ni me subí! ¡Yo ni me subí! —cuando Ismael reaccionó, ya solo vio las luces traseras.
Ismael se quedó mudo.
Cecilia manejó hacia la carretera junto al mar. El viento les revolvía el pelo.
Martina sentía la adrenalina y estaba emocionadísima.
—Cecilia, qué bárbara… ¡estás bien cañona! ¿También sabes manejar un deportivo?
—Más o menos.
¿Cuál “más o menos”? Con esa maniobra, se notaba que sabía perfecto.
—Oye… ¿y el señor Salinas? —hasta entonces Martina notó que Ismael no iba.
—Ni lo peles.
Al fin y al cabo, él fue el que insistió en que se subiera a dar la vuelta. Que no se quejara.
Martina pensó que Ismael sí era el rey de los mensos.
Dieron vueltas un buen rato, hasta que el celular de Cecilia sonó.
Era Mónica Fonseca.
—Amiga, ¿dónde andas? ¿En la noche salimos o qué?
—Va —aceptó Cecilia. Total, no tenía nada.
Cecilia se llevó también a Martina.
Dejaron el deportivo de Ismael a un lado de la carretera y Cecilia llamó a la policía.
Dijo que había encontrado un carro abandonado y que fueran a contactar al dueño.
—No, o sea… —Mónica se rió—. Desde que te conozco, aparte de mí, nunca te había visto con otra amiga.
Mónica conocía el carácter de Cecilia. Que hiciera amigas sí era raro.
—Pues es que soy muy buena. Fuera de tú y Martina, todas me traen envidia y por eso no se juntan conmigo —dijo Cecilia, tranquila.
—Ay, ya. —Mónica se burló tantito—. No te eches flores. Martina, hola, soy Mónica, amiga de Cecilia. Ya de aquí somos amigas también.
Martina sonrió y asintió, algo nerviosa.
Pero lo que Cecilia había dicho… la neta, sí sonaba cierto.
Después de convivir con ella, Martina de verdad pensaba que Cecilia era increíble.
Berta y esas compañeras… pura envidia.
Antes, hasta ella misma había sentido un poquito.
Unos se acercaron a preguntar si querían cantar. Mónica les dijo que ellos se divirtieran.
Ella se iba a quedar con Cecilia y Martina.
Las tres se sentaron a un lado, con bebidas y fruta.
***

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