—No manches, Cecilia… ¿hoy te llueven los pretendientes o qué? —Martina no paraba de sorprenderse.
Cecilia tampoco entendía.
El primer ramo era de Ismael: nada raro.
El segundo, de Saúl: esperado.
¿Y el tercero?
—¡Aquí! ¡Ella es Cecilia! —dijo Martina rápido.
El repartidor se acercó, dejó el ramo frente a ella y explicó:
—Señorita Galindo, un señor me pidió entregarle esto.
Y se fue. Esta vez ni pidió firma.
Era un ramo de rosas azules, como de ensueño.
Tenían gotas de rocío, que parecían lágrimas azules.
El salón explotó.
—¿Qué está pasando? ¿Cecilia tiene tantos pretendientes?
—Esas rosas no son baratas. ¡Valen más de diez mil pesos!
—Ay no… qué romántico…
Entre miradas de envidia y coraje, Cecilia sacó la tarjeta.
La checó: no decía nada. Estaba en blanco.
¿Quién se lo había mandado?
Le dio vueltas y no le salió.
—Véndelas —dijo Cecilia, y se las pasó a Martina.
Martina se quedó muda.
Así, directo.
Al final, la que salía ganando era ella: dos ramos gratis.
Al rato llegó el maestro y el alboroto se apagó.
El celular de Cecilia vibró. Lo miró debajo del pupitre.
Era un WhatsApp de Saúl.
[Cici, ¿sí te llegaron las flores? Hoy tengo que ir a cerrar una colaboración y no voy a poder pasar por ti, pero en la noche cenamos juntos.]
Cecilia respondió:
[No hace falta. Tú date.]
Saúl, feliz de que le contestara:
—¿Ese no es el señor Salinas? —preguntó Martina, curiosa.
Ismael se quitó los lentes y caminó hacia ellas.
—Cecilia, hoy el repartidor no vino por ti, ¿verdad? Ándale, súbete conmigo. Vamos a dar la vuelta.
Cecilia lo miró como si estuviera viendo a un idiota.
Tenía rato sin verlo, y seguía igual de necio.
—Cecilia, ¿el señor Salinas también te anda tirando la onda? —preguntó Martina.
Ismael, bien quitado de la pena, dijo:
—Claro. Yo soy su prometido. ¿Te gustaron las rosas del mediodía?
Martina se quedó callada.
¿Le decía la verdad… que ya las había vendido?
—Ismael, no digas tonterías —soltó Cecilia, fría.
—Sí, señor Salinas. Cecilia tiene prometido. Usted no es —remató Martina, ayudándola.
Ella sí había visto a Saúl. Y, la neta, Saúl estaba mucho más guapo que Ismael.
***

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