—¿Cómo que pasó esto? —Clara no lo podía creer.
Hace días estaban en la cima y, de golpe, se fueron al suelo.
—Ma, la agencia me dice que me salga del programa. Que ya no puedo seguir… que mi carrera ya valió —Víctor estaba hecho trizas.
Él juraba que iba a debutar como el número uno. Y terminó así.
Cuando entró el representante, Clara lo atajó:
—¿Y qué dijeron en la junta? ¿Cómo quedó?
El representante fue directo:
—Se acabó. Alguien los trae entre ceja y ceja. Primero lo del escándalo que usted armó, señora Valdés. Y lo de la tendencia también: alguien pagó para empujarlo. Aunque quisieran seguir, no se puede. Desafío de Fama ya se canceló por esto. Por ustedes.
—Víctor, tú solito te echaste un programa entero: inversionistas perdiendo dinero, un montón de participantes sin chance… y todavía crees que alguien te va a contratar. Encima salió lo de tu hermano Marcos también. Agarren sus cosas y váyanse. No van a levantar cabeza.
Víctor se quedó ido.
Se dejó caer al suelo.
A Víctor se le acabó todo.
En internet hasta lo resumieron con una frase: “Qué buena mamá le tocó”.
Y la raíz de todo, al final, fue el show de Clara en backstage.
Si Clara no se hubiera puesto a actuar de víctima, quizá nada de lo demás habría pasado.
Se lo buscaron.
Cecilia era así: pasara lo que pasara, no explicaba nada; dejaba que hablaran.
Ni siquiera decía que tenía un prometido guapo y con dinero.
Por eso muchos creían que su prometido era repartidor.
—¿Y tú qué? ¿Vas a controlar lo que diga la gente? —dijo Cecilia, tranquila—. La boca es de cada quien. Con que uno esté en paz consigo mismo, basta.
Martina sintió que la admiraba cada vez más.
Cecilia nunca hablaba mal de nadie del salón.
Ni de Berta, que era la que más la traía atravesada. Jamás le dedicó una sola palabra.
En cambio Berta sí: a cada rato andaba de hocicona, hablando a espaldas de los demás.

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