Cecilia se hizo a un lado, se le metió por detrás y soltó un golpe brutal.
Con un solo puñetazo, mandó a Alan contra el escritorio.
¡Crash!
El escritorio se desarmó con el golpe.
Alan quedó con la cara torcida de dolor; sentía el pecho hecho pedazos. Le dolía todo el cuerpo.
Cuando volteó a ver a Cecilia, el miedo se le notó.
No se imaginó que una chavita supiera pelear… y que pegara así de duro.
—¡Jefe… jefe! ¿Está bien? —sus compañeros corrieron a levantarlo.
Cecilia se cruzó de brazos. Sin decir mucho, imponía respeto. Tenía la autoridad de alguien que manda.
Alan entendió que no era cualquier persona.
Aun así, se tragó el coraje.
—¿Qué? ¿Todavía quieres que te saque yo?
Alan sabía que no podía con ella. En ese momento, lo más inteligente era salir vivo. Resopló y se fue.
En cuanto el jefe se largó, los demás guardias empezaron a tenerle miedo a Cecilia. Ya nadie se atrevió a ponerse al brinco.
—El que no quiera trabajar, puede irse. Aquí nadie está obligado. Pero si se quedan, se me ponen a hacer bien su chamba —les dijo, con una mirada de advertencia.
…
Alan se fue a buscar a Noé. Siempre había estado de su lado.
Se sentaron, los dos con la cara amarga.
—Esa vieja mamona… ¿cómo se atreve a tratarnos así? Noé, tienes que hacer algo —dijo Alan, agarrándose el pecho. Todavía le dolía el golpe.
—Tranquilo. Ahorita marco —contestó Noé.
Cecilia regresó a la oficina. Thiago estaba reuniendo a gente de varios departamentos para preguntar cómo iban las ventas últimamente.
Después de ver que hasta a Noé —que traía respaldo— lo habían sacado a patadas, todos entendieron que Thiago y su hija no eran fáciles. Aunque fuera por pura apariencia, tenían que darles su lugar.
Cuando terminó la junta, Thiago dijo:
—Cici… esto está peor de lo que pensé. Los pedidos van bajando, cada año hay pérdidas. Y hay gente aquí que no hace nada; cuando sale un problema, nomás se echan la bolita.
—Pa, lo sé. Levantar la empresa no se logra en dos días. Y también corrí al jefe de Seguridad: seguro era gente de la segunda familia.
—Qué friega te estoy metiendo… soy yo el que agarró este desastre, y todavía te arrastro —dijo Thiago, sintiéndose mal con su hija.
—Pa, no digas eso. Somos familia. Sé que quieres tener un lugar en los Galindo, y darle estabilidad a mi mamá. Te entiendo. Todo va a salir bien.
—Y… calculo que al rato cae gente de Facundo. Toma estos papeles; te van a servir para responderles.
***

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