Cecilia se quedó callada.
Claro. Cómo no.
Como vio que Cecilia no contestó, Bianca cambió el tema.
—Cici, ¿y tú cómo vas con el señor Rivas? ¿Qué tan en serio van? —preguntó.
Marina miró a Cecilia, preocupada, sin entender qué traía la señora entre manos.
Cecilia lo entendió al instante: ya venía lo de Saúl.
—Cici, ¿por qué no dices nada? —insistió Bianca al verla callada.
Cecilia respondió con calma:
—Abuela, si cuando hablan los mayores los jóvenes no se meten, entonces mejor no digo nada.
Bianca se quedó tiesa.
Se le endureció la cara.
Qué carácter…
—¿Así le hablas a tu abuela? ¡Qué falta de educación! —reclamó una chica, más o menos de la edad de Cecilia.
Marina le susurró:
—Se llama Isabel Galindo, es hija de Facundo.
Cecilia entendió.
—Isabel, si yo soy una maleducada… ¿no te enteraste de que la última vez dejé fuera de combate a los guardias de los Galindo? —dijo Cecilia, sosteniéndole la mirada.
Isabel abrió los ojos como si quisiera comérsela viva.
Cecilia sonrió apenas, con desprecio, como si Isabel no significara nada.
Isabel se atragantó de coraje y volteó con Bianca.
—Abuela, mire nada más…
—Claro —se metió Marina—. Cici y Saúl están muy bien. Saúl es buen muchacho; para Cici, hace todo.
Se le notaba la felicidad.
Una hija tan capaz, y un yerno así… hasta les compró una casa enorme para vivir todos juntos.
—¡Ay, por favor! ¿De qué presumen? —soltó Olivia, con tono venenoso—. Esa relación, en su momento, fue mi hija la que se las “cedió”.
Traía una cara de resentimiento.
Cecilia no entendió. Volteó a ver a Marina.
¿Ceder?
Ella jamás había oído eso.
Marina bajó la mirada y no dijo nada. Cecilia miró a Thiago.
—Papá… ¿eso es cierto?

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