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Regreso de la Muerta: La Venganza de Cecilia romance Capítulo 138

Iker lo decía al borde del colapso. Se quitó el saco, se jaló la corbata y salió como perdido.

Esta vez sí entendió que la familia Valdés ya estaba en las últimas.

Ya no había manera de sostenerse.

Esa noche, Cecilia cenó con su familia.

—Cici, ¿ya supiste? —preguntó Marina de repente.

—¿De qué?

—De los Valdés. Traen un escándalo enorme. Dicen que Bruno, el famoso, evadió impuestos y lo cacharon… y lo de Noa… ¿cómo se le ocurre a Bruno hacer eso con Noa?

Marina se desahogó un buen rato. Todos, menos Adrián, entendían perfectamente.

Con el tamaño del escándalo, era imposible no haberlo visto.

Daniel y Teresa pensaban que Noa ya era asunto de los Valdés, no de ellos.

Para ellos, era solo una noticia más.

—Mamá, lo de los Valdés ya no me importa —dijo Cecilia, tranquila.

—Sí, ¿para qué lo mencionas? —intervino Thiago—. Si acabaron así, es por algo. Mejor hablemos de otra cosa: hoy hablaron de la mansión. Quieren que vayamos todos a comer. ¿Ustedes qué dicen?

—¡Yo no voy! —dijo Benjamín de inmediato.

Odiaba a Alonso; siempre se la pasaba presumiéndole.

—Yo tampoco —dijo Daniel—. Ya me acostumbré.

—Igual yo. Como Daniel —agregó Teresa.

Thiago soltó un suspiro.

Marina le leyó la cara.

—¿Tú sí quieres regresar?

—La verdad, no quería… pero dicen que mi mamá está enferma, grave. Si no voy, se ve mal. Al final… es mi mamá.

Marina lo entendía.

Por bueno y por tenerle respeto a la familia, fue que lo pisotearon tanto.

El carro llegó a la casa de los Galindo.

Thiago tocó.

Thiago llevaba más de diez años paralizado. En todo ese tiempo casi no salió, y desde que lo corrieron de la familia Galindo, no había vuelto a poner un pie ahí.

Regresar ahora lo llenó de sentimientos encontrados.

Marina le dijo en voz baja a Cecilia:

—Cici, tu papá es muy sentimental. Creció aquí. Aunque no lo diga, lo extraña. Yo sé lo que trae por dentro… por eso hoy vine con él.

—Sí, lo entiendo —respondió Cecilia.

Al ver la espalda de su papá, cada vez más envejecida, le dolió el corazón.

Que tu propia familia te dé la espalda… tiene que doler horrible.

Al rato salió el mayordomo. Al ver a Thiago, se quedó helado.

—¿Usted… usted es el señor Thiago? —preguntó.

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