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Regreso de la Muerta: La Venganza de Cecilia romance Capítulo 119

Al salir del restaurante, Cecilia miró a Adrián y vio que seguía con el celular en las manos, sonriendo como tonto.

—¿Te gusta esa chava, hermano? —preguntó Cecilia.

—¡Sí!

—Si te gusta, entonces haz las cosas bien: córtala bonito, trátala bien… así sí te va a hacer caso, ¿ok?

—Sí, ya sé. Oye, ¿y si tú me ayudas a ligármela?

Cecilia se quedó sin palabras.

«No, bueno… esas cosas las tienes que hacer tú.»

—¡Cici! ¡Señora Galindo! ¡Adrián! —Saúl apareció de la nada.

—¿Eh? ¡Saúl! ¿Y tú qué haces por aquí? —preguntó Marina, curiosa.

—Andaba pasando. ¿Los llevo?

Marina entendió de inmediato qué traía Saúl; se le iban los ojos con su hija.

—No hace falta. Agustín mandó chofer, tenemos carro. Tú ve a ver a Cici.

—¡Mamá! —Cecilia miró a Marina, incómoda.

—Cici, si llegas más tarde no pasa nada. Nosotros ya nos vamos —dijo Marina, y jaló a Adrián para irse rápido.

Cecilia volvió a quedarse sin palabras.

«¿Y mi mamá, que siempre era tan derecha… cuándo se volvió tan colmilluda?»

—Cici, ¿no te da gusto verme? —preguntó Saúl acercándose.

—Más bien… es que últimamente hablas demasiado —dijo ella. Le parecía insoportable.

—Tú hablas poquito, yo hablo mucho. Nos complementamos perfecto.

Cecilia le puso los ojos en blanco.

—Oye, ¿y cómo le fue a Adrián con lo de la cita? —Saúl cambió el tema, nomás para seguir platicando con ella.

—La chava está bien. Y hace buena pareja con él. Nada más quién sabe si se arme.

—Nosotros también hacemos buena pareja.

Cecilia se quedó sin palabras. «¿Neta todo lo regresa a lo mismo?»

Al ver la cara de Cecilia, Saúl siguió:

—Mañana regreso oficialmente al Grupo Rivas. Y mañana en la noche… ¿vienes conmigo a cenar con mi familia?

—¿Qué? ¿Que vaya con tu familia? —Cecilia se quedó helada.

—Sí. Te quieren conocer. Al final, eres mi prometida.

—No voy.

¡El director Rivas, del que decían que estaba inválido y llevaba dos años desaparecido, había vuelto!

Y seguía igual de guapo.

Antes, en la empresa, quién sabe cuánta gente lo admiraba.

Una señora de limpieza venía cargando una cubeta; de pronto resbaló y se fue al suelo, justo frente a Saúl.

A todos se les encogió el corazón.

El Saúl de antes era famoso por ser frío e implacable. Les gustaba… pero también le tenían miedo.

Una vez, un empleado tiró café por accidente sobre su ropa y lo corrieron en ese mismo momento.

Sin segundas oportunidades.

Era conocido por lo estricto.

Y desde que quedó inválido, muchos por dentro hasta se alegraron, pensando que “era su castigo”.

Todos creyeron que la señora de limpieza ya estaba frita.

Un gerente a su lado la regañó en voz alta:

—¿Y el encargado de intendencia dónde está? ¿Para qué les pagan?

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