—Ay, mi Denisa. Eres tan buena niña, siempre echándote la culpa y velando por la paz de otros. Cuánto te han hecho sufrir —se lamentó Cristina, sintiendo que le arrancaban pedazos del corazón. ¿Cómo era posible que alguien tan noble y atenta terminara tan lastimada, y ella sin poder defenderla?
Denisa esbozó una sonrisa desoladora.
—Mamá, la familia Torres ha sido muy benevolente conmigo, y tú me has dado tanto amor. Yo tengo que portarme madura.
La rueda de prensa en el centro de convenciones de Grupo Torres avanzaba según lo previsto, con una logística impecable.
Denisa también se había compuesto el rostro tras las lágrimas. Vestida con recato absoluto y una imagen modosa, fue empujada por el salón en su silla de ruedas.
Cada uno de los periodistas presentes formaba parte de una selección orquestada por la abuela Josefa; no había margen alguno para la improvisación.
Denisa ya le había visto los colmillos al enorme poder de la anciana, de modo que ni por un segundo se atrevió a montar otro de sus acostumbrados teatros.
Se limitó a recitar su declaración tal y como se lo pidieron, sosteniendo una mirada pulcra y una expresión seria, proyectando credibilidad sin fallos.
Al terminar de leer, se le quitó cualquier intención de abrir ronda de preguntas y respuestas; en este tipo de revuelos mediáticos sabía perfecto que cada explicación de sobra no haría más que hundirla más.
Por lo tanto, en un intento de quedar bien para agradecerle a los medios su asistencia, trató de ponerse de pie e inclinar la cabeza; para su mala fortuna, la punzada de dolor en la pierna fracturada le arrebató el equilibrio, derrumbándose hacia atrás. El golpe de esa segunda caída fue atroz; sudando frío y pálida como el papel, terminó desmayándose entre el griterío del personal que trataba de asistirla inútilmente.
Esta vez, ningún supuesto príncipe la levantó en brazos. Fueron los propios paramédicos de la compañía quienes tuvieron que cargarla en una camilla para sacarla, flanqueados por la ráfaga histérica de los flashes que no soltaban el rostro inconsciente de la joven.
Justo a esa hora, la anciana Josefa, apostada en un palco VIP contiguo, observó absolutamente toda la humillación a través de un cristal de visión unilateral.
Ninguna muestra de empatía le agitó el rostro. Martina, su acompañante a un lado, sí que frunció un poco el ceño con pena.
—Señora, la señorita...
—No se va a morir —escupió la anciana con suma frialdad—. Hay golpes que son el único modo de hacer que alguien despierte y ubique su realidad.
Martina optó por cerrar la boca para no tentar su suerte. Dio un paso atrás y, en completo silencio, observó aquel rostro marcado por los surcos de setenta y ocho años de edad, dueño de un par de ojos que no perdían aquel resplandor abrasador.
Luca no se había asomado por el corporativo esa mañana. Recién lo pusieron al tanto sobre la conferencia, justo al finalizar un desayuno de trabajo del que salió disparado para intentar llegar a tiempo.
A bordo del coche en movimiento, su asistente Alberto abrió el enlace en vivo del desastre: un video escueto de unos diez minutos donde a Denisa se le veía disculpándose una y otra vez para, en la recta final, atreverse a buscar aplomo para agradecer antes de caer lastimada por su propio peso. Y no fue solo la caída, sino la manera de desvanecerse cubierta en sudores fríos.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Quédate con tu cuñada, querido exesposo