—Ya sé lo que vas a decir —la interrumpió Josefa de golpe—. Luca solo cumplió con su deber de hermano mayor. Y no te creas tan especial, que si hubiera sido un perro o un gato, él también se habría agachado a ver cómo estaba.
Denisa sintió que le daban una bofetada. ¿Para la vieja esa no valía más que un animal callejero? Qué manera de humillar a alguien.
—Tienes toda la razón, abuela. Luca solo se preocupó por mí como hermano, no hubo ninguna otra intención —replicó Denisa, fingiendo sumisión y usando sus mejores modales, aunque por dentro estuviera ardiendo de rabia.
La anciana resopló con desdén.
—Y ahí es donde está el problema, Denisa. A diferencia de un perro o un gato, tú tienes una posición que mantener. Fuiste la esposa legítima de Adrián; fuiste la cuñada mayor de Luca. Aunque ahora te manejes de nuevo como parte de la familia, no solo te representas a ti misma: cargas con la reputación de los Torres.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo a Denisa. Abrió la boca, pero no le salió ni media palabra.
—¿No sabes qué decir? Está bien, yo respondo por ti —prosiguió Josefa tras tomar otro sorbo de su té para aclararse la garganta—. La esposa de Luca es Natalia. Él no solo encabeza a la familia Torres, también es el presidente del corporativo. Su figura pública está bajo la lupa. Y tú vas y te le cuelgas del cuello delante de todos... ¿De verdad creíste que esa escena no iba a ser un golpe a la moral?
Denisa sintió como si le hubieran dado un batazo en la cabeza. Los labios le temblaron irremediablemente.
Al caerse y lastimarse, se había aferrado a propósito al cuello de Luca; en ese instante fue como quien se ahoga y se agarra a un salvavidas. Quería exprimir cada momento de cercanía con él.
Lo que no se imaginó fue que la abuela había leído a la perfección cada una de sus mañas.
¿Ahora qué hacía?
Según ella había ocultado todo de maravilla, dando la mejor actuación de su vida.
—Denisa —el tono de Josefa se suavizó de repente—. ¿Cómo te ha tratado la familia Torres?
Asustada, Denisa se apresuró a contestar.
—Con una bondad infinita.
—¿Y tú cómo tratas a la familia Torres? —preguntó la anciana, mirándola a los ojos.
Denisa tragó saliva, aterrorizada y sin atreverse a hacer ruido. Se mordió el labio y respondió con voz temblorosa:
—Abuela... mi lealtad hacia ustedes no ha cambiado en absoluto. Este es mi hogar, es el lugar que quiero proteger. Les estoy eternamente agradecida; aunque pasara toda mi vida intentándolo, jamás terminaría de pagarles.
—¡Perfecto! —asintió la abuela, al parecer satisfecha.

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