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Quédate con tu cuñada, querido exesposo romance Capítulo 190

Luca observaba su carita tan tierna y no pudo evitar recordar algunos de los momentos más lindos del pasado.

Cuando era más chica, Iria no podía dormir sola, siempre necesitaba que alguien la estuviera acompañando con el brazo cruzado sobre su cuerpecito. Con que intentara alejarse un poco, aunque siguiera con los ojos cerrados, estiraba sus bracitos para atrapar ese brazo y abrazarlo otra vez.

Al revivir esas dulces memorias, Luca le dio un beso en la frente y le susurró:

—Buenas noches, mi princesa.

Justo en ese momento entró Natalia. Alcanzó a escuchar al hombre, pero fingió que no lo había hecho y siguió de largo hasta el vestidor para buscar su pijama.

Luca se puso de pie. Observó a la mujer en el vestidor, tragó saliva, pero decidió no interrumpir; se dio la media vuelta, salió de la recámara principal y cerró la puerta con cuidado.

A Natalia le dio exactamente igual si se quedaba o si se iba. Fue hasta que volteó a ver la carita de su hija, dormida en la cama, cuando su expresión fría y dura se suavizó, reemplazada por un semblante amoroso.

***

En la habitación VIP del hospital se respiraba el inconfundible y penetrante olor a desinfectante.

Denisa estaba sentada sobre la cabecera reclinable de la cama. Tenía mejor color de cara, pero sus ojos, constantemente enrojecidos, la hacían ver extremadamente delicada y testaruda a la vez.

Cristina regresó a la habitación tras haber terminado la llamada; todavía le hervía la sangre.

Como suegra, que su nuera la hubiera dejado callada y con argumentos válidos, le causaba una tremenda impotencia y frustración.

En otras familias de dinero, las nueras funcionaban como simples sirvientas o niñeras finas; no tenían ni el mínimo derecho de alzarle la voz a su suegra.

Pero en la familia Torres la historia era otra: con todos sus logros y capacidades, esa muchacha se creía invencible y no le tenía ni el más mínimo respeto a ella, la mismísima matriarca.

—Natalia ha perdido cualquier rastro de educación y decencia. ¿Dónde quedó la muchacha prudente, dulce y sumisa de antes? Ahora se ha convertido en un completo dolor de cabeza y anda lastimando a medio mundo. —Cristina comenzó a quejarse de forma despiadada frente a Denisa; esa sensación de haber sido pisoteada en su propia autoridad no la dejaba en paz.

—Mamá, no se enoje, por favor. No vale la pena que arriesgue su salud —la consoló Denisa, recargando suavemente la cabeza contra el brazo de Cristina en un gesto de dependencia—. Discúlpeme. Yo tengo la culpa, si no fuera por mi culpa, a usted no la tratarían de esa forma.

Mirando a Denisa, tan frágil, pálida y con los ojos llenos de lágrimas, el corazón de Cristina se ablandó de inmediato.

En contraste, estaba Natalia por teléfono, con esa actitud implacable, negándose a dar su brazo a torcer, respondiendo de la manera más gélida y despiadada. Eran como el cielo y el infierno; imposibles de comparar.

Le tomó las manos a Denisa, que se sentían frías, y con tono afligido le dijo:

—Denisa, no es tu culpa. La del problema es Natalia. ¿Qué necesidad tiene de armar un infierno en su propia casa? Esa muchacha tiene el alma tan podrida que es incapaz de ser tolerante. Apenas traté de aconsejarla y me salió con cada palabra venenosa, no me bajaba de loca. Se nota que me ha perdido el respeto y como suegra no le valgo un peso.

Denisa, al oírla, sintió aún más pena y se culpó aún más:

—No es así, mamá. La verdad es que no soy capaz ni tengo la fuerza para manejar bien esto. Al escuchar a sus empleados me ganaron las inseguridades. Ya es hora de que aprenda a endurecerme y deje de fijarme tanto en el qué dirán. En eso, Nati sí sabe cómo hacerlo: tiene el carácter firme, es fría como un tempano de hielo y no le tiembla la mano; tiene lo necesario para destacar en el trabajo. Debería seguir su ejemplo.

—¿Copiarla a ella? ¡Pero por supuesto que no! A diferencia de ella, tú eres agradecida y tienes valores. Ella es una fría calculadora que no siente nada por nadie. No quisiera verte convertida en alguien así. —Cristina comenzó a corregirla rápidamente—: Tú, mi niña, tienes un corazón muy bondadoso; piensas en los demás y de eso no se trata la capacidad. Es algo que viene de adentro. Me fascina lo amable y atenta que eres. Quedas perfecta como mi hija.

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