—Sí, chiquita. Y tu primer día también es muy importante. Quién sabe, igual y hasta conoces a nuevos amiguitos —le respondió Natalia, para quien los asuntos de su hija eran, en ese momento, infinitamente más importantes que los de cualquier otro.
—¡Entonces hay que llegar rápido a la escuela! —El entusiasmo regresó de inmediato a los ojos de Iria.
Ya cerca del colegio, la pequeña usó su smartwatch para hacerle una rápida llamada a Luca.
—¡Irita! —La voz del hombre seguía rasposa—. ¿Ya llegaron?
—Casi, papá. ¿Ya te sientes un poquito mejor? —preguntó Iria, todavía preocupada.
—El doctor Gutiérrez ya vino a revisarme, preciosa. Me voy a curar muy pronto, no te preocupes —respondió Luca con una sonrisa. Saber que su hija lo quería tanto era un gran consuelo para él.
—Bueno, entonces tienes que hacerle caso al doctor y tomarte todas tus pastillas a la hora —le advirtió Iria, imitando el tono de un adulto.
—Así lo haré —prometió Luca, sonriendo de oreja a oreja.
—Ya llegamos, tengo que colgar —se despidió Iria, cortando la llamada de inmediato.
Natalia estacionó en el área asignada de la escuela. Caminaron juntas hacia la entrada principal, protegidas por la sombra que proyectaban los enormes árboles del colegio.
Afuera, las maestras recibían a los alumnos de nuevo ingreso. Mientras Natalia se encargaba del papeleo administrativo, la maestra llevó a su hija a conocer el nuevo salón de clases.
Una vez que terminó de firmar los formatos necesarios, se dirigió hacia la zona de preescolar para buscar a su niña.
En el patiecito de juegos, a unos pasos del salón, vio a su pequeña agachada frente a un arbolito en compañía de otra niña. Ambas estaban con las cabezas juntas, señalando el suelo muy emocionadas.
—¿Qué están viendo, mis amores? —preguntó Natalia, acercándose con curiosidad.
—¡Mami! ¡Estamos viendo unas hormiguitas! Luci les dio un pedacito de pan y dos hormiguitas se lo llevaron volando —le explicó Iria, muerta de la risa.
Natalia le echó un vistazo rápido a la otra niña, que llevaba el mismo uniforme y un par de trenzas preciosas. Tenía los ojos grandes y muy vivos, y unos adorables hoyuelos se le formaban en las mejillas al sonreír.
—Mucho gusto, señora. Me llamo Lucía Guzmán —se presentó la pequeñita con muchísima educación.
—Hola, Luci —le respondió Natalia, poniéndose en cuclillas para estar a su altura, con una sonrisa sincera.
Apenas se iba poniendo de pie cuando distinguió una figura alta a la distancia. El hombre estaba de espaldas, al parecer, colgado de una llamada; segundos después, guardó su celular y se giró hacia donde estaban.
Al tenerlo de frente bajo la luz del sol, Natalia sintió que lo había visto antes, pero no terminaba de ubicarlo.
El sujeto vestía un suéter negro de cuello alto de excelente calidad bajo un abrigo largo del mismo color. Tenía un porte bastante erguido que emitía un aura de total serenidad y confianza.
Al estar más cerca, la mente de Natalia hizo clic: era Erick Guzmán.
En ese instante, Erick también la reconoció; se quedó paralizado y su mirada se clavó en ella como un bloque de hielo.
Un segundo después, Su expresión de sorpresa se deshizo enseguida en una sonrisa abierta y cálida.
—Pero qué sorpresa, Natalia, ¿cómo estás? —Su rostro de rasgos marcados, enmarcado por unos elegantes lentes de armazón delgado, le daba un aire de madurez e intelectualidad.
Natalia le correspondió la sonrisa al instante.
—¿Y ella es tu hija? —preguntó.
Erick abrió un poco los ojos con sorpresa. En ese mismo momento, la pequeña corrió a tomarlo de la mano y lo presentó con orgullo:
—¡Él es mi tío! ¿Usted lo conoce?
Avergonzada por la equivocación, Natalia intentó salir del apuro riéndose suavemente:
—Eh, sí, claro que sí. Nos conocemos de hace tiempo.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Quédate con tu cuñada, querido exesposo