—¡¿Estás loco?! ¡¿Por qué hiciste eso?! —soltó horrorizada, sin poder creer lo que había hecho.
Marcos estaba loco, era lo único que podía pensar luego de verlo actuar de esa forma.
—¿Hacer qué? —la voz de su amigo ahora era furiosa—. ¿Ibas a darle explicaciones? ¿Acaso te las da él a ti?
Guardó silencio, dándose cuenta de que no. Alejandro no le daba nunca explicaciones.
—No, pero no debiste…
—Claro que debí —le contradijo. Sus ojos castaños llameaban como dos bolas de fuego—. De hecho, debí hacerlo mucho antes. Porque por creer que no tienes a nadie es que te trata así.
Y mientras más hablaba Marcos, más se daba cuenta de que tenía razón.
Sin embargo, más allá de ayudarla, la estaba metiendo en un problema más grave, porque su teléfono ahora no dejaba de vibrar en el bolsillo de su pantalón. Lo peor era que no eran solamente llamadas, también había mensajes, muchos mensajes.
—Ni se te ocurra contestar —puso en marcha el auto, lanzándole una furiosa mirada de advertencia.
Asintió, apagando su celular y tratando de ahuyentar de su mente a Alejandro Urdiales.
[...]
—Amor, ¿pareces tenso? ¿Sucede algo? —La voz melosa de Isabella Quintero interrumpió el silencio del estudio fotográfico.
—No es nada.
Pero mientras Alejandro decía estas palabras, no dejaba de observar su celular con los ojos entrecerrados. Dos días. Había pasado dos días intentando comunicarse con Selene y ella no le había respondido ni un solo mensaje. Lo último que había sabido era que estaba en compañía de un hombre. A medianoche. Los dos solos.
—Por favor, miren a la cámara —indicó el fotógrafo, esperando que siguieran al pie de la letra sus indicaciones.
Las fotos oficiales del compromiso consistían en mostrar el anillo en un primer plano ante la cámara.
La joya brillaba en cada una de las tomas, robándose el protagonismo, mientras que el novio se mostraba cada vez más desconectado.
—Tomemos un receso —anunció el fotógrafo, nada contento con el resultado—. Siento que las fotos no están transmitiendo lo que deseamos.
Alejandro se alejó de Isabella, desajustándose la corbata como si esta le asfixiara, mientras caminaba hacia la ventana encendiéndose un cigarro que se llevó a los labios con una mueca de rabia.
—No se puede fumar aquí —dijo alguien a su espalda y, maldiciendo, se fue al balcón para estar solo.
Sin embargo, los tacones de su prometida no tardaron en repiquetear contra el suelo, causando un sonido que le hizo aumentar el dolor de cabeza que estaba padeciendo.
—Ya es tiempo de que te tomes unas vacaciones, cariño —se acercó acariciando sus hombros con suavidad—. Ese trabajo es demasiado extenuante. Además… no lo necesitas.
Alejandro asintió, aparentemente de acuerdo con su sugerencia, cosa que la contentó mucho.
—¿Qué te parece dentro de seis meses? —soltó con entusiasmo, cambiando abruptamente de tema—. Cariño, sé que lo quieres antes. Pero no puedes pretender que me conforme con una celebración pequeña, ¿verdad? —y antes de que respondiera continuó—: Me quiero casar en grande. Quiero que la gente no deje de hablar de nuestra boda, sin importar que el tiempo pase. Por favor, sé paciente, ¿sí? —ronroneó, acercándose a su boca, donde depositó un beso casto antes de alejarse.

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