Cuando dije esas palabras, ya había tomado una decisión definitiva; iba a deshacerme del bebé que esperaba en secreto y después me quedaría con Mateo, como si nada hubiera pasado en realidad. Ya no quería darle más vueltas al resto de las cosas y, sobre ese video, solo me quedaba apostar a que Javier todavía tuviera aunque fuera un poco de conciencia.
Mateo sonrió cuando escuchó mi respuesta. Me pasó el brazo por los hombros y me dijo:
—Vamos a comer algo, cariño.
No me llevó a ningún restaurante lujoso, sino que fuimos a un mercado nocturno que estaba lleno de gente y de vida. Había muchísimos puestos en la calle y, aunque las noches de principios de primavera seguían siendo frías, el lugar estaba atascado de personas.
De los puestos de comida salía vapor y, con las luces cálidas de los focos, todo el ambiente se sentía muy acogedor. Mateo me llevó de la mano hasta un puesto de fideos y me preguntó qué se me antojaba. Miré lo que tenían y al final pedí una sopa de mariscos, mientras que él pidió un plato de pasta.
Después me llevó de la mano a una mesita para sentarnos; en esta época del año hasta el aire se sentía dulce. A mi alrededor se escuchaban los gritos de los vendedores mezclados con las risas de la gente, y por una vez mi corazón se sintió tranquilo y seguro. Ese dolor en el pecho que me había estado molestando estos días pareció desaparecer por un momento.
—¿Por qué me trajiste aquí de repente? —le pregunté a Mateo.
—¿Te gusta? —me respondió él con una sonrisa.
Bajo la luz cálida, se veía muy guapo y encantador, era imposible no quedarse mirándolo.
—Sí, me gusta mucho —asentí.
Mateo levantó la mano para acomodarme un mechón de pelo detrás de la oreja y me dijo en voz baja:
—Sabía que te gustaban los lugares con mucha gente, por eso te traje. Aunque en ese entonces eras una muchacha de familia rica, siempre fuiste muy sencilla. Tú y Valerie venían seguido a los mercados nocturnos, ¿verdad? Sobre todo cuando salían de bailar; no querían regresarse a la casa y se la pasaban recorriendo toda la ciudad como locas. ¿A poco me equivoco?
Al mencionar a Valerie, sentí un poco de tristeza. En aquel entonces de verdad éramos felices y libres, no teníamos tantas presiones ni problemas como ahora, y las personas que queríamos estaban bien. Al final resultó que el pasado había sido demasiado feliz y, al recordarlo, todo me dejaba un sabor amargo por la nostalgia. Mateo notó que me quedé callada, así que me abrazó por los hombros y se rio.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo)