—Sí... —le dije, disfónica—, eres un tonto. Hasta usaste el divorcio para calarme y te aprovechaste de Camila para hacerme enojar. Mateo, eres el hombre más tonto que hay en este mundo.
No sabía por qué, pero en ese momento, cuando hablamos del pasado, sentí una tristeza muy profunda en el corazón. Esos recuerdos tenían amargura, claro, pero también algo de dulzura; aunque esa dulzura y esa tranquilidad, quizá, ya no iban a regresar jamás.
A veces quería ser alguien sin sentimientos; así no tendría que pensar tanto, ni preocuparme por perder, ni dejar que Javier me controlara. Y ahora tampoco tendría que vivir con este dolor y este peso tan grandes a cada rato.
Mateo me abrazó fuerte y me consoló en voz baja:
—Está bien, ya pasó. El más tonto, el más torpe y el más inseguro soy yo. Pero la vida fue buena conmigo porque la mujer que amo también me quiere y además me dio dos niños adorables. Aurora, haberte conocido fue algo muy, muy bueno; mientras estés conmigo, siento que hasta esos tres años de sufrimiento y humillaciones valieron la pena.
Lo abracé fuerte por la cintura y le dije entre sollozos:
—Me voy a quedar a tu lado, Mateo. Me voy a quedar contigo para siempre.
Él me acarició la espalda con ternura. Después de un largo, larguísimo rato, me habló de repente en voz baja:
—Entonces, Aurora, ¿qué es exactamente lo que te pone tan triste?
Me quedé en blanco un segundo y me fui soltando de su abrazo poco a poco. En ese momento, me topé de frente con sus ojos profundos como la tinta. Él me secó las lágrimas de la cara y me dijo despacio:
—Tu angustia y tu tristeza se te notan en la cara. En realidad, sé que hoy te fuiste con Javier, y también sé que no fue porque quisieras; si no, no estarías tan mal. Así que dime, Aurora, ¿a qué le tienes miedo? ¿O con qué te amenazó? Puedes decirme. Lo vamos a resolver y a enfrentar juntos, ¿sí?

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