—¡Ay, por favor! —exclamó Camila—. ¿Porque te fue mal una vez ya te vas a encerrar para siempre? De los errores se aprende. Nada más no vuelvas a perder la cabeza por nadie. Si te vuelves a enamorar, que sea de alguien a quien le gustes tanto como él a ti, o por lo menos, de alguien que te quiera de verdad. Mil veces eso a andar detrás de un imbécil y terminar perdiendo todo.
—Hoy, si el amor no es parejo, solo te va a romper.
Nanette bajó la mirada y suspiró.
La verdad es que a ella sí le había ido muy mal.
Pero dentro de lo malo, al menos había tenido la cabeza fría para poner un alto a tiempo.
—Los hombres son así —continuó Camila—. Si tienen algo a la mano, no lo valoran. Pero si hay algo que no pueden tener, andan detrás de eso como si fuera la octava maravilla.
Dicho esto, Camila no pudo evitar mirar a Noel de reojo.
—Pero este Noel no parece ser de esa clase de tipos. Se ve diferente al resto.
—¿Ya le echaste el ojo? —bromeó Nanette.
—Pues si no lo quieres tú, échamelo a mí —le siguió la corriente Camila.
—El hombre ya está comprometido.
—Uno nunca sabe, igual y cancelan la boda.
Nanette soltó una carcajada.
—¡No seas mala, deséales lo mejor!
—Pues yo digo que todo puede pasar.
De repente, Venancio volteó y apuntó a Nanette.
—¡Tú! ¡Pídeme perdón ahorita mismo! Por tu culpa, estos cabrones llevan años burlándose de mí.
Nanette se dio cuenta de que ya andaba borracho, así que no se ofendió.
Venancio siempre había sido igual: no tenía pelos en la lengua.
Mil veces prefería tratar con alguien así, que con la gente hipócrita que escondía sus verdaderas intenciones.
Además, el respeto que Venancio imponía se lo había ganado a pulso, sin depender de sus papás para nada.
Nadie sabía si se llevaba mal con sus padres o si ni siquiera los tenía, pero jamás hablaba de su familia con nadie.
Nanette recordaba que una vez, hace mucho tiempo, alguien le preguntó sin querer por ellos.
Y él se puso furioso al instante.
Desde ese día, Nanette entendió que ese era su punto débil.
O tal vez una herida profunda que no debía tocarse.
Por eso, ella nunca hizo preguntas.
Al ver que Nanette no le contestaba, Venancio refunfuñó:
—Pídele perdón al jefe.
Camila rodó los ojos.


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