Nanette acababa de subir su equipaje al coche cuando llegó el vehículo de Guillermo.
Al ver a su hija, Guillermo se bajó apresurado.
—¡Nanette! ¿Qué haces por aquí?
Nanette notó enseguida que la pregunta de Guillermo estaba llena de alegría.
Muy distinto a la frialdad con la que Eloísa le había dicho exactamente lo mismo.
Nanette le dio la misma respuesta:
—Pasaba por aquí y vine a saludar.
Guillermo la tomó de las manos.
—¿Y por qué te vas tan rápido? Ándale, entra a la casa conmigo, vamos a platicar un rato.
Quizá porque el problema más grave de la empresa por fin se había resuelto, Guillermo estaba de muy buen humor.
Y ver a su hija de sorpresa lo puso todavía más feliz.
—Hoy en la noche te hago de cenar lo que más te gusta —dijo Guillermo con una sonrisa—. ¿Verdad que te encantan mis camarones? Hoy te voy a servir un platote para que comas a gusto.
Guillermo no mencionó a Félix para nada, solo habló de la comida que a ella le gustaba.
Eso hizo que el corazón de Nanette, que estaba helado, sintiera un poco de calor y consuelo.
—Papá —Nanette le acomodó el cuello de la chamarra—. Ya hace frío, tienes que abrigarte bien. No te vayas a enfermar, ¿de acuerdo?
Guillermo notó que algo andaba mal.
—Nanette, ¿tu mamá te dijo algo feo otra vez?
Nanette no quería ponerlo entre la espada y la pared, así que negó con la cabeza.
—No.
—¿Entonces por qué tienes esa cara de tristeza?
—No estoy triste.
—Ándale, vente a la casa conmigo.
Nanette lo detuvo, forzando una sonrisa.
—Papá, tengo que alcanzar mi vuelo.
Guillermo se sorprendió.
—Ya es tarde, ¿a dónde vas?
—Quiero salir de viaje un par de días, mi vuelo sale en la noche.
—¿Vas sola?
—Sí.
Guillermo no se quedó tranquilo.
—Es de noche, no puedes andar sola por ahí. Cancela el boleto. Espera a que termine de arreglar las cosas en el trabajo y nos vamos de viaje juntos.
—Ya estás grande y nunca hemos salido de viaje los dos solos.
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