—A ver, déjame ver.
—Señora Sabina, Melba. —Noel saludó a las mujeres, esquivando a Gael.
Acto seguido, dio la media vuelta y avanzó hacia la mesa.
Gael, con la mano en el aire, comentó con toda la intención de que Nanette lo escuchara: —Se ve que no fue cualquier cosa; la venda está bien gruesa.
Sabina le trajo unos cubiertos a Noel, acomodándolo junto al sitio de Gael. Entonces notó la venda.
—Noel, muchacho, ¿qué te pasó en la mano?
Noel repitió la misma excusa: —Un simple raspón.
Melba, siempre cálida, lo animó: —¡Venga, Sr. Cortés, siéntese con nosotros! No pensamos que vendría. Ya tenía rato de no visitarnos. Usted que decía que vendría seguido a gorronearnos la comida, ¡y de pronto se desaparece!
—He estado ocupado —respondió Noel.
—Por más ocupado que esté, siempre hay que hacerse tiempo para comer. Venga más a menudo. Hoy Tina estaba muy triste al ver que no fue por ella.
—Haré lo posible.
Melba intuyó que algo andaba mal, pero no indagó más.
—Bueno, a sentarse y a comer, que se enfría.
Gael intercambió sus cubiertos y su plato con los de Noel.
—Siéntate en mi lugar. Yo me pondré junto a Tina.
Tina iba a protestar, pero Gael le hizo un guiño cómplice. La pequeña, que no tenía un pelo de tonta, captó el mensaje de inmediato.
—¡Sí, yo quiero sentarme con el tío Gael!
Noel tomó asiento en silencio.
Durante la cena, Noel apenas usó el tenedor.
Sabina estaba realmente angustiada.
—Nanette, hija, Noel no puede usar bien las manos. ¿Por qué no lo ayudas?
Nanette, con el tenedor a medio camino, se quedó pasmada.
¿Ayudarlo?
¿Y cómo se suponía que debía ayudarlo?
Melba, pensando que Nanette no quería hacerlo, la regañó suavemente:
—¡Muchacha! ¿Cómo te haces del rogar? El Sr. Cortés no solo es tu buen amigo, sino también tu jefe. ¿No puedes echarle una manita?
No era eso...
El detalle era *cómo* ayudarlo.
Era cierto, se veía más demacrado.
¿De verdad había estado descuidándose tanto?
—Acabo de acordarme de un dicho —interrumpió Gael de pronto—. No sé si te quede el saco, King.
Nanette ya presentía por dónde iba la cosa y quiso callarlo, pero fue demasiado tarde.
—Dice así: "La ropa me queda grande y no me arrepiento, pues por amor he perdido hasta el aliento".
Noel mantuvo la vista en el plato, con el rostro inescrutable.
—No me queda el saco.
—Como quieras —Gael pinchó un trozo de carne y lo acercó—. Parece que me tocará darte de comer a mí. A ver, abre la boquita.
Nanette no pudo soportarlo más.
Ese idiota siempre jugaba con fuego provocando a Noel. Parecía que rogaba que le dieran una paliza.
—Yo lo hago.
Todos los presentes clavaron su mirada en ella.
Nanette se aclaró la garganta. —Mi jefe está herido, es el deber de una subordinada asistirlo.

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