Elisa chasqueó la lengua y negó con la cabeza.
—Mira nada más. En estos días uno no puede intentar ser buena persona. Te quiero ayudar a levantarte y me acusas de tirarte. ¡Bueno, pues quédate ahí!
Elisa la soltó de golpe, añadiendo un sutil empujón, y la mujer volvió a caer al suelo.
El rostro de la mujer se puso rojo de rabia.
—¡Tú!
Elisa se sacudió el polvo invisible de las manos.
—Tsk, tsk, tsk... Tan bonita por fuera, pero con unos modales pésimos. Seguro eras de esas alumnas que le daban dolores de cabeza a los profesores.
Tras decir eso, le lanzó una última mirada a la figura lastimera y humillada de la mujer, y se marchó sin mirar atrás.
Durante el almuerzo, Gael se sentó frente a Elisa.
Ella siguió comiendo con ganas, sin siquiera saludarlo.
Total, no estaban en horario de trabajo, y no tenía ganas de ser cortés.
—Te lo advertí.
Elisa masticó lentamente, tragó y luego habló.
—¿De qué me hablas?
Gael la miró con ojos fríos.
—¿Por qué hiciste eso?
Elisa parpadeó ligeramente.
—¿Hablas de la mujer de hace rato?
—¿De quién más iba a ser?
Elisa esbozó una sonrisa burlona.
—¿Acaso te dolió verla caer?
El rostro de Gael se ensombreció.
—¡Cuida tus palabras!
Elisa curvó los labios.
—Cuando te pones así, de verdad das miedo.
Gael: —Te hice una pregunta.
Elisa se encogió de hombros.
—No hay ningún porqué. Simplemente me cayó mal.
Gael frunció el ceño con fuerza.
—La empresa no es tu basurero personal para desahogar tus frustraciones. ¿Cada vez que alguien no te caiga bien vas a usar la violencia?
Elisa: —Depende de la situación. Normalmente no lo hago, pero si dicen algo que no tolero, entonces sí.
Gael habló con voz grave: —¡No tengo tiempo para estar limpiando tus desastres!
Elisa soltó los cubiertos.
—Y yo no tengo tiempo para escuchar tus sermones.

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