Al toparse con esos ojos carentes de cualquier tipo de emoción, la sonrisa de Jovita se volvió algo incómoda.
—Solo sentí que la Srta. Larco y yo tenemos cierta conexión, por eso quería saber más de ella. Pero tienes razón, husmear en la vida privada de los demás es de muy mala educación. Lo siento.
El destino estaba a solo unos veinte minutos, así que llegaron rápidamente.
Apenas el autobús se detuvo, Nanette se puso de pie para bajar.
Sin embargo, el vehículo dio una pequeña sacudida, haciéndola perder el equilibrio y casi caer.
Afortunadamente, alguien le sujetó la cintura, ayudándola a estabilizarse.
Nanette asumió que había sido Gael, así que giró la cabeza ligeramente dispuesta a darle las gracias.
Pero se dio cuenta de que Gael seguía cómodamente sentado en su lugar.
El corazón de Nanette dio un vuelco. No se atrevió a voltear más.
Ya sabía quién era.
Y efectivamente, su voz, con un ligero tono de reproche, llegó suavemente a sus oídos.
—Sigues siendo igual de descuidada.
Nanette se mordió el labio inferior, sin tener el coraje para contradecirlo.
A veces, en verdad era bastante distraída.
Al bajar del autobús, Iris comenzó a contar a las personas que subirían en teleférico.
Aunque la temperatura no era alta, el sol brillaba hermoso y no había viento. Era un clima perfecto para subir la montaña.
De no ser por el bebé que llevaba en su vientre, a Nanette le habría encantado escalar junto con los demás.
Iris le preguntó a Jovita cuáles eran sus planes.
Jovita se giró hacia Noel.
—Noel, ¿tú vas en el teleférico o prefieres escalar?
—Me da igual.
—¡Escalar, escalar! —dijo Jovita con una gran sonrisa—. Subir a pie es mucho más divertido y demuestra más sinceridad. Yo quiero subir caminando. Acompáñame.
—De acuerdo.
Iris se dirigió entonces a Gael:
—¿Y tú, Gael?
Gael alzó una ceja.
—¿Tú qué crees?
La chica captó la indirecta al instante.
—Ah, ya sé. Vas a acompañar a la vicepresidenta Larco en el teleférico.
—Entonces, ¿para qué preguntas?
Iris hizo un puchero y se fue a preguntarles a los demás.
Nanette le dio un ligero golpe con el pie.
—¿No puedes hablarle de buena manera?
—¿Acaso no lo hice? —se defendió Gael.
—¿A eso le llamas buena manera?
—¿No tienes nada mejor que hacer?
Pero Gael ni siquiera la escuchó.
—King, ¿no te acabas de recuperar de la rodilla? Si te vuelves a lastimar, vas a quedar cojo de por vida.
Jovita se quedó perpleja al escuchar eso.
—Noel, ¿te lastimaste la rodilla?
Los labios del hombre se movieron apenas.
¿Debería decir que sí, o que no?
¿Por qué él no estaba enterado de que tenía la rodilla lastimada?
Pero Gael respondió por él.
—Sí, la otra vez se lastimó sin querer haciendo ejercicio. El doctor le dijo que por un tiempo lo mejor era evitar la actividad física intensa.
Jovita lo miró con preocupación.
—Noel, ¿por qué no me lo dijiste?
Gael intervino, actuando casi como su vocero oficial.
—Seguro no quería arruinarte el momento.
Jovita cambió de decisión de inmediato.
—Entonces vayamos todos en el teleférico, Noel.
—No, de ninguna manera —saltó Gael—. Subir caminando tiene mucho más mérito, ¡hay que demostrar sinceridad!

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