Gael torció la boca con desagrado.
—A la gente se le habla como gente —murmuró.
La indirecta era clara: para él, Galileo no entraba en esa categoría.
—¡No discuto con idiotas! —escupió Galileo Godoy con aires de superioridad, dándose la vuelta para marcharse.
Gael lo vio alejarse.
—Pensé que ese tal Godoy era un completo ignorante, pero resultó que sí conoce palabras domingueras.
Nanette Larco comentó con total imparcialidad:
—Se graduó de Harvard. Todos los años ganaba becas.
A Gael le costaba creerlo.
—Entonces, ¿por qué tiene esa actitud de porquería?
Nanette quiso reír, pero no pudo.
—Ser bueno en los estudios no significa tener buenos valores morales.
Gael asintió.
—Tienes razón. —Al notar que Nanette parecía distraída, añadió—: ¿No dormiste bien?
—Dormí perfecto —respondió ella.
Gael sonrió con picardía.
—Yo diría que no pegaste un ojo.
Nanette lo miró de reojo.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Anoche vi a Noel entrar a hurtadillas a tu habitación y echar a Iris. Digo, si querían dormir juntos, podrían haberlo dicho de frente, sin usar la excusa de un resfriado.
Nanette sintió que había encontrado a un confidente.
—Quería acostarme con él, pero no me dejó.
Gael se quedó pasmado.
—¿Es en serio?
Nanette se frotó la frente, frustrada.
—No sé qué me pasó esta mañana, de repente...
—Un hombre y una mujer a solas, chispas volando, y encima él es un dios griego. Si no tuvieras ganas, el problema lo tendrías tú. Si fuera yo, no hubiera esperado hasta la mañana; lo habría devorado por la noche.
Nanette esbozó una sonrisa amarga.
Ella aún estaba pensando en cómo saludarlo, pero él se adelantó.
—Buen día.
—Buen día —respondió ella, torpemente.
Y luego, Noel siguió su camino.
Nanette se quedó congelada en su lugar.
¿Eso era todo? ¿Ya está?
¿Seguía enojado?
Para no retrasarse con la competencia de la tarde, todos almorzaron comida para llevar al mediodía. Iris fue la encargada de comprar los almuerzos.
Pensando en que para Iris sería pesado cargar con la comida de seis o siete personas, Nanette le pidió a Gael que fuera a ayudarla. Gael fue, pero regresó rápidamente.
A Nanette le pareció extraño.
—¿No te pedí que la ayudaras?
—Fui y le pregunté si necesitaba ayuda. Me dijo que no, que podía sola, así que regresé.
Nanette se quedó sin palabras.
—¿Para qué le preguntas? Simplemente debiste tomar las cosas y ayudarla.

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