Nanette Larco escuchaba el título de «Vicepresidenta» y, a decir verdad, aún no se acostumbraba del todo.
—Hablaré con ella —dijo finalmente.
—Muy bien, Vicepresidenta Larco —respondió el Director Herrera.
Tras terminar su reporte, el director se dio la vuelta para marcharse.
—Director Herrera —lo llamó Nanette.
—Dígame, Vicepresidenta Larco.
Nanette hizo una pausa de unos segundos.
—Sobre el ascenso...
El Director Herrera esbozó una sonrisa comprensiva.
—Cuando vi su currículum por primera vez, supe de inmediato que usted estaba destinada a cosas grandes. Tenerla trabajando bajo mi mando era un desperdicio de su talento. Aunque usted nunca fue de las que pelean por destacar y siempre me trató con el mayor de los respetos, yo sabía que tarde o temprano terminaría ocupando un puesto superior al mío. Por eso, su ascenso a vicepresidenta no me sorprende en lo absoluto. Es el lugar que le corresponde.
Nanette sonrió, conmovida por sus palabras.
—Gracias. Le pediría de favor que le avise al equipo del departamento de investigación y desarrollo que esta noche la cena corre por mi cuenta. Que se pongan de acuerdo sobre qué se les antoja comer y me avisen.
—Se lo agradeceré en nombre de todos —dijo el director antes de retirarse.
Una vez a solas, Nanette llamó a Iris.
—Por favor, pide café y postres de Sabor Sublime para todos en la oficina.
Sabor Sublime era una de las pastelerías más exclusivas y famosas de San Lirio.
Al escuchar el pedido, Iris sintió un dolor empático por la billetera de su jefa.
—Señori... digo, Vicepresidenta Larco, ¿está segura de que quiere para todos? Eso va a salir carísimo.
Nanette soltó una risita suave.
—Tranquila, todavía me alcanza para darme ese lujo.
Ya cerca de la hora del almuerzo, Nanette pensaba llamar a Camila Mancilla, pero, para su sorpresa, Camila se le adelantó.
Su voz sonaba terriblemente ronca.
—¿Tienes tiempo? Estoy en el restaurante del centro comercial frente a la empresa. Comamos juntas.
Le venía como anillo al dedo.
—Claro, voy para allá —respondió Nanette.
Aprovechando su hora de descanso, cruzó la calle hacia el restaurante. Tras dar el nombre de la reserva, un mesero la guio hasta un reservado.
Camila tenía los ojos hinchados y el rostro demacrado. Al ver a Nanette, forzó una sonrisa que no llegó a sus ojos.
Ambas hablaron al mismo tiempo.
—Habla tú primero —cedió Nanette.
Camila, con la voz aún rasposa, bajó la mirada.
—Lo que te dije ayer... no lo decía en serio. Perdón.
Para averiguar qué locuras había hecho y dicho bajo los efectos del alcohol, Camila había tenido que buscar a las dos personas que la acompañaron la noche anterior. Al enterarse de las barbaridades que habían salido de su boca, sintió ganas de abofetearse a sí misma.
¿Cómo había sido capaz de decir algo así?
Nanette esbozó una sonrisa sin ganas. No tenía intención de soltar formalidades vacías.
—¿Nunca has escuchado el dicho de que los borrachos siempre dicen la verdad?
Podía haber sido producto del alcohol, pero en el fondo, era lo que realmente sentía.
Camila jugueteó con sus dedos, con la mente hecha un torbellino.
—Yo... yo no sé qué me pasó...
—¿No crees que es injusto conmigo? —la interrumpió Nanette, bajando el tono de voz—. Te gusta Noel Cortés, y yo nunca me opuse. Tampoco fui a decírselo para hacerte quedar mal. Al contrario, te apoyé.
»Te dije que estabas en todo tu derecho de que te gustara. También te dejé muy claro que era imposible que Noel y yo termináramos juntos, así que jamás lo vi de esa manera. Entonces, ¿por qué...?»

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó