Sonó el timbre de la puerta.
Irene Mera fue a abrir.
Silvio entró al departamento.
—Presidente Godoy, ya lo investigué todo.
El rostro de Galileo no mostraba ni rastro de furia; estaba tan inexpresivo como si nada hubiera ocurrido.
—Habla.
—La razón por la que su difunto hermano salió a correr en el auto aquella noche fue porque descubrió que la señora Yolanda se estaba enviando mensajes comprometedores con otro hombre. Eso fue lo que lo sacó de quicio.
»Incluso después de que su hermano falleciera, ella mantuvo contacto con ese sujeto. Y justo antes de que usted y ella...
Silvio vaciló, temiendo continuar.
Al fin y al cabo, se trataba del orgullo y la dignidad de un hombre.
Irene captó la tensión en el aire y actuó con prudencia.
—Los dejo solos para que hablen en privado.
Sin embargo, Galileo la detuvo de inmediato.
—No es necesario. Quédate a escuchar, no hay nada en mi vida que tú no puedas saber.
Irene dudó un instante.
Galileo palmeó el espacio vacío a su lado en el sofá.
—Ven aquí.
Irene caminó hacia él y se sentó a su lado.
Silvio retomó su informe.
—La señora Yolanda ya estaba embarazada antes de que usted y ella se acostaran por primera vez.
Galileo hizo memoria sobre la fecha en la que nació el bebé.
El nacimiento se había adelantado más de quince días respecto a la fecha prevista. Si se hubiera adelantado un poco más, lo habrían clasificado como un bebé prematuro.
Sin embargo, en su momento, el médico aseguró que era algo completamente normal.
Además, calculando el tiempo desde aquella noche en que estuvieron juntos, las fechas cuadraban a la perfección.
Por eso, nadie en la familia tuvo el más mínimo motivo para dudar sobre la paternidad del niño.
Ahora, pensándolo en retrospectiva, todo le parecía una maldita broma de mal gusto.
Yolanda sí que tenía un padre excepcional; Luis Camoso se había encargado de atar todos los cabos sueltos con una precisión quirúrgica.
Habían construido una mentira tan perfecta que parecía la más pura verdad.
Silvio observó de reojo las facciones de Galileo y, al ver que no había el menor atisbo de alteración, suspiró aliviado en silencio.
Cualquier otro hombre en sus zapatos habría estado dispuesto a cometer un asesinato al enterarse de algo así.
—Presidente Godoy, también descubrí algo más...
Cerró los ojos y su voz sonó profunda y aterradora.
—Por ahora, no hagan nada.
—Pero...
—Solo lograremos alertarlos.
Silvio se quedó pensando unos segundos.
—No estoy seguro de entender a qué se refiere, señor.
Galileo abrió los ojos de golpe, mientras acariciaba distraídamente la mejilla de Irene con los dedos.
—Finge que nunca te enteraste de nada de esto. Mantén la boca cerrada.
Silvio comprendió la orden.
—Entendido.
Estaba a punto de marcharse cuando recordó algo importante.
—Ah, por cierto, señor. La empresa de mudanzas vendrá mañana.
—Cancélalos. Ya no nos mudamos —sentenció Galileo.
Aunque Silvio no entendía el cambio de planes, sabía que no debía hacer preguntas.
—De acuerdo, los llamaré enseguida para avisarles.

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