Nanette le tapó la boca apresuradamente.
—Tu tío tiene que seguir trabajando, así que vamos a colgar, ¿de acuerdo?
—Está bien —accedió Tina—. ¡Adiós, tío!
—Adiós —se despidió Noel.
Nanette desactivó el altavoz y se acercó el teléfono a la oreja.
—Esta tarde iré a la oficina para dejar cerrado todo lo relacionado con la competencia.
—De acuerdo, yo me quedaré aquí, no iré —dijo Noel.
—Bien, descansa.
—Tú también.
Al mediodía, Nanette acompañó a Tina durante el almuerzo.
Se quedó un rato más charlando con ella y luego se despidió.
Nanette pulsó el botón del ascensor para bajar.
Después de unos segundos de espera, las puertas se abrieron.
Estaba a punto de entrar cuando levantó la vista y se quedó paralizada.
Dentro del ascensor había dos mujeres vestidas con uniforme de policía.
Y en medio de ellas, escoltada, estaba Dina Godoy.
Para ser más exactos, iba detenida.
Dina también la vio.
Su mirada se volvió gélida en un instante, clavándose en Nanette con un odio venenoso.
Nanette le sostuvo la mirada sin mostrar ninguna emoción y dio un paso atrás, negándose a entrar.
De repente, Dina empezó a gritar como una desquiciada.
—¡Nanette! ¡Dile a Noel que venga a verme! ¡Dile que venga! ¡Quiero verlo! ¡Lo extraño! ¡Necesito verlo, dile que venga, por favor!
Las puertas del ascensor se cerraron, ahogando poco a poco los gritos desesperados de Dina.
Nanette soltó un suspiro.
Todos habían subestimado el grado de obsesión enfermiza que Dina sentía por Noel.
Decidió tomar otro ascensor para bajar.
Al llegar al vestíbulo principal, observó desde lejos cómo los oficiales metían a Dina en una patrulla.
La joven heredera que alguna vez había sido tan arrogante, consentida e intocable, ahora parecía un perro callejero abandonado a su suerte.
La abuela que tanto la había consentido estaba muerta.
La madre que fingía quererla ahora solo deseaba verla muerta lo antes posible.
El hermano que alguna vez la protegió se había desentendido por completo de ella, esperando que la condena fuera lo más severa posible.
Y a pesar de todo, en medio de su ruina absoluta, la única persona en la que Dina seguía pensando era en Noel.
Era tan patético como lamentable.
Pero qué...
De pronto, los recuerdos acudieron a su mente.
Eloísa era casi diez años menor que Guillermo Larco, pero la personalidad y el carisma de Guillermo la habían deslumbrado tanto que se aferró a la idea de casarse con él pasara lo que pasara.
Por suerte para ella, ambas familias aprobaron el enlace.
Después de la boda, Guillermo siempre la trató como a una reina.
Además, el ascenso económico de la familia Larco se debió en gran medida al apoyo de la familia de Eloísa, por lo que Guillermo no solo la consentía, sino que también le toleraba todos sus caprichos.
La diferencia de edad nunca pareció ser un problema en su vida matrimonial.
Sin embargo, Nanette había notado que, durante un tiempo, Eloísa se la pasaba sonriéndole a la pantalla de su teléfono móvil.
Una sonrisa cargada de un coqueteo inconfundible.
Por supuesto, en ese momento Nanette no tenía ninguna prueba de que Eloísa estuviera buscando aventuras fuera del matrimonio.
Pero ahora, acababa de encontrar una evidencia irrefutable.
Aunque, pensándolo bien, Guillermo ya estaba muerto, por lo que las pruebas no tenían ninguna importancia.
Eloísa era viuda; tener un novio entraba dentro de lo normal.
Pero ¡por Dios! ¡Esa mujer estaba a punto de cumplir cincuenta años y ya casi le llegaba la menopausia! ¿Cómo era posible que estuviera teniendo un romance con un muchacho que fácilmente podría ser su hijo?
El mundo y los valores de Nanette se hicieron pedazos en ese instante.
Se preguntó qué haría su adorable hermanastro, Félix, si llegara a enterarse de eso. ¿Le rompería la "tercera pierna" a ese muchacho?

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