Nanette detuvo sus pasos.
Había estado tan inmersa en sus pensamientos que prácticamente dejó que Galileo la arrastrara.
Aún la tenía agarrada por la muñeca.
Nanette forcejeó un par de veces.
Galileo la soltó por iniciativa propia.
—¿Qué pasa?
Nanette se giró hacia Silvio.
—No debiste haberlo pateado.
Silvio se sintió sumamente ofendido.
—Ese hombre quería matarla, seño... señorita Larco. Yo solo intentaba salvarla.
Y además, estaba embarazada.
Si ese hijo realmente era de Galileo Godoy, él acababa de hacer un gran mérito.
Nanette tenía ganas de reprenderlo.
Pero no encontraba un motivo válido.
Desde la perspectiva de Silvio, él no había hecho nada malo.
Galileo intervino.
—Silvio solo estaba ansioso por salvarte.
Nanette soltó un bufido en su fuero interno.
¿Ansioso por salvarla? Solo quería quedar bien frente a Galileo.
Un asistente con intenciones tan obvias era demasiado.
En ese momento, las luces brillaron con más intensidad.
La policía había acordonado el área y esperaba la llegada del forense.
A lo lejos, apenas se vislumbraba un charco de sangre, en el que yacía la cabeza del occiso.
—¡Nanette!
Camila llegó corriendo.
Nanette se detuvo a esperarla.
Camila, sin aliento, se paró frente a ella.
—Ven con nosotros, ¿sí?
Nanette esbozó una sonrisa forzada.
—Solo voy a hablar con el Presidente Godoy y a que me curen las heridas. Después me iré a casa, no es como si no fuera a regresar.
Camila apartó a Nanette a un lado y le habló en un susurro, asegurándose de que nadie más las escuchara.
—El señor Cortés está muy preocupado por ti.
—Lo sé —dijo Nanette, tocándose el corte en el cuello.
—Nanette —Camila le tomó la mano, con profunda sinceridad.
—No culpes al señor Cortés por llegar tarde. Él ni siquiera sabía que te habían secuestrado, El Sicario llamó directo a Galileo.
Nanette se quedó atónita.
—¿Entonces cómo se enteraron?
—El señor Cortés le pidió a Gael que interviniera el celular de Galileo, y después rastreó su ubicación. Así fue como dieron con este lugar.
Así que Gael también tuvo que ver.
Nanette sonrió con amargura.
Al parecer, ahora debía demasiados favores.
—Galileo sabía que te habían secuestrado y ni así le avisó al señor Cortés. Era obvio que no quería que fuera a salvarte para así hacerse el héroe y ganarse tu corazón. Nanette, por lo que más quieras, no le creas.
¿Creerle?
¿Cómo iba a confiar en Galileo Godoy a estas alturas?
¿Acaso no habían sido suficientes los tres años de sufrimiento a su lado?
Nanette no quiso seguir con el tema.
—Ya me voy.
Camila soltó su mano y la vio partir con los ojos llenos de lágrimas, arrepintiéndose enormemente.
Tenía tanto miedo de que su amistad terminara allí para siempre.

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