Ambos pares de ojos se clavaron en Noel, esperando su respuesta.
Noel tragó saliva, dudó un segundo y al final lo soltó:
—Porque yo... quiero ser el padrino del bebé.
¿Qué?
Nanette quiso hablar, así que intentó tragar rápidamente el bocado de panecillo que tenía en la boca.
Pero terminó atragantándose.
Empezó a toser con fuerza.
Las migajas salieron volando y cayeron directamente sobre la ropa de Noel.
Nanette sintió tanta vergüenza que quiso que la tierra se la tragara. Su rostro entero se puso rojo como un tomate.
¡Qué desastre!
¡Nunca en su vida había pasado por una situación tan humillante!
A Noel no le importó en absoluto su costoso abrigo; su única preocupación era Nanette. Rápidamente le acercó un vaso de leche tibia.
—¿Cómo puedes ser tan descuidada?
Nanette tomó un sorbo de leche para aclararse la garganta.
—¿Por qué de repente se te ocurrió la idea de ser el padrino del bebé?
La expresión de Noel ya había recuperado su naturalidad y esbozó una leve sonrisa.
—¿Acaso no puedo?
Nanette lo pensó un momento.
—No es que no puedas, pero Venancio ya apartó el puesto primero.
—Lo que él diga no cuenta —respondió Noel.
Nanette no pudo evitar reírse.
—Entonces tendrás que ir a discutirlo con él.
—¡Hecho! Mañana mismo voy a hablarlo con él.
Nanette lo miró con sorpresa.
—¿Tanta prisa tienes? Aún falta mucho.
Noel habló con total seriedad:
—En realidad pasa muy rápido. Un abrir y cerrar de ojos, y el tiempo se habrá esfumado.
Nanette asintió lentamente.
—Supongo que tienes razón.
Sin saber muy bien cómo, la conversación se estancó en ese punto.
Nanette giró la cabeza y observó a Noel.
Él estaba sentado en el taburete junto a ella. Tenía los brazos apoyados en los muslos, el cuerpo inclinado hacia adelante y la mirada fija en el suelo. Era imposible saber qué estaba pensando.
Al mirarlo, a Nanette de pronto le vinieron a la mente dos frases que había leído en un libro:
«Eres como la noche, callada y constelada.»
«Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.»
Por supuesto, no era apropiado que ella las dijera en voz alta.
—Me refiero a que, cuando te cases y tengas un bebé con tu esposa, ¿te gustaría que fuera niño o niña?
Noel apartó la mirada hacia un punto cualquiera. El brillo en sus ojos se había apagado por completo.
—Si me caso con alguien a quien amo y que me ama, entonces dependerá de ella. Lo que a ella le guste, a mí también me gustará.
«Si me caso con alguien a quien amo...»
¿Qué quería decir con eso?
Esa frase sonaba muy extraña.
¿Acaso él y la señorita Zamora no estaban enamorados?
¿Por qué hablaba de supuestos?
—Tú y la señorita Zamora...
—Noel —la interrumpió la voz de Sabina—. Ayúdame a pasar el plato de caldo a mi lado izquierdo.
Tenía la vía intravenosa en el brazo derecho, así que le resultaba incómodo moverse.
Noel se levantó, rodeó a Sabina y se preparó para darle el caldo en la boca.
Sabina agitó su mano izquierda.
—¿Ya se te olvidó? Tu madrina es ambidiestra.
Noel recién cayó en la cuenta.
—Lo había olvidado por completo.
Sabina negó con la cabeza, sonriendo.
Sabiendo que él tenía una memoria fotográfica, era imposible que lo hubiera olvidado de verdad.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó