Noel: —Somos amigos.
Eloísa: —Por lo que veo, no son simples amigos.
Noel: —Buenos amigos.
Eloísa seguía dudando.
—¿Solo amigos?
Noel: —Señora Eloísa, no creo tener que rendirle cuentas a usted.
Eloísa soltó una carcajada nerviosa.
—Lo digo por el bien de Nanette. Ahora que se divorció del señor Godoy, tiene que encontrar un buen hombre para formar un hogar. Por supuesto que no quiero que se case con el primero que pase; si va a casarse de nuevo, tiene que ser con alguien de buen estatus.
Nanette murmuró por lo bajo:
—Sus intenciones son demasiado evidentes.
La última vez que se casó con Galileo, Eloísa se benefició enormemente. Todo el dinero de la dote y las joyas de oro terminaron en sus bolsillos.
¿Qué pretendía ahora? ¿Acaso planeaba sacar provecho de ella otra vez?
—Eloísa, deje de pensar en disparates. No planeo volver a casarme en esta vida, y aunque lo hiciera, a usted no le incumbiría.
La mirada de Noel se paralizó por un par de segundos al escuchar eso.
La voz de Eloísa lo devolvió a la realidad.
—Ay, hija, ya estás diciendo cosas de más. Yo sigo siendo tu mamá, te guste o no. Y si algún día te vuelves a casar, ¿qué, ni vas a venir a despedirte?
Nanette resopló con frialdad.
—Yo no tengo casa materna.
Eloísa pareció molestarse.
—¡Hoy que amanecí de buen humor tenías que buscar pelea! Incluso si te fuiste de la familia Larco, ¡no puedes borrar el hecho de que te crié! ¡Deberías ser un poco agradecida!
¿El hecho de que la crio?
Tan solo escuchar esas palabras hizo que el corazón de Nanette se llenara de un dolor punzante.
La última frase se le quebró y se le salió como un grito. Había contenido ese dolor por demasiado tiempo.
Eloísa se quedó sin palabras. Le tomó varios segundos balbucear una respuesta:
—¡Eres una malagradecida! ¡Solo te acuerdas de lo malo! ¡Es cierto, no te crié! ¡Acaso creciste alimentándote del aire!
Y tras decir eso, colgó abruptamente.
Era evidente que Eloísa no solo estaba furiosa, sino llena de culpa.
Porque cada cosa que Nanette había relatado era la absoluta verdad.
El hombre sentado a su lado no pronunció ni una sola palabra. Su mandíbula estaba tensa y permaneció en absoluto silencio.
Pero aquel silencio resultaba mucho más aterrador que cualquier grito enfurecido.
Mucho tiempo después, la mirada implacable de Noel se suavizó, llenándose de una ternura adolorida.
Sus ojos bajaron lentamente hacia la cintura de Nanette.
—¿Puedo ver tu cicatriz?

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