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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 340

—¿No dijiste que querías intentar algo? ¿Por qué no lo intentamos de una vez?

Camila sostuvo su mirada provocativa y, tras un segundo de duda, respondió.

—De acuerdo. Hagámoslo.

La mirada de Venancio se deslizó hacia los pechos de ella, que no eran enormes, pero tenían una forma hermosa. Sus ojos comenzaron a encenderse con una intensa lujuria.

El corazón de Camila se aceleró descontroladamente.

Cerró los ojos, tragó sus dudas, y sin pensarlo dos veces, se montó sobre él.

Una sonrisa maliciosa y cargada de seducción se dibujó en el rostro de Venancio.

Con una sola mano, la agarró por la nuca y unió sus labios con los de ella.

Se entregaron al momento, perdiéndose en un beso apasionado y desesperado.

Pero justo en el último segundo, cuando estaban a punto de cruzar la línea...

Venancio retrocedió a mitad de camino, cubierto en sudor.

Era solo un maldito himen. Una vez que se rompiera, se rompía y ya.

Eran dos adultos, si solo querían divertirse un rato, ¿qué de malo tenía?

Eso mismo pensó él justo antes de estar a punto de entrar.

Pero, en ese instante, algo lo frenó por completo.

No sabía explicar exactamente por qué.

Su cuerpo ardía por aliviarse.

Pero su mente simplemente no le permitía continuar, sentía que no era lo correcto.

El suplicio de frenar en pleno ardor, de tener el deseo a flor de piel sin poder liberarlo... Venancio lo estaba experimentando en toda su agonía.

La puerta del baño se cerró con fuerza.

Camila se hizo un ovillo bajo las sábanas, escuchando el sonido del agua cayendo en la regadera. Un remolino de emociones la asaltaba, sin saber exactamente cuál predominaba.

Jamás imaginó que él retrocedería justo en el último momento.

Para un hombre al borde del colapso de deseo, esa retirada debió ser un tormento absoluto.

Media hora después, Venancio salió del baño.

Llevaba una toalla atada a la cintura, y las gotas de agua escurrían por su pecho musculoso, dándole un aire terriblemente tentador.

Se metió en la cama y empezó a jugar con su encendedor, haciéndolo chasquear una y otra vez.

Camila habló con voz apagada: —Venancio, ¡no tienes agallas!

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