Odiaba esa sensación de estar atrapado y no poder defenderse. Incluso si alguna vez la había querido, todo se había podrido.
—¿Gali?
Galileo regresó a la realidad.
—¿Qué pasa?
—¿En qué estás pensando? ¿No escuchaste lo que te dije?
Galileo disimuló su fastidio y la abrazó.
—Estaba pensando en el trabajo. ¿Qué me decías?
Yolanda se acurrucó contra su pecho, complacida.
—Te preguntaba si deberíamos ir a escoger los vestidos de novia.
Galileo ya había bajado los brazos.
—Está bien, yo te acompaño.
—¡Qué emoción! —le dio un beso en la mejilla—. Prométeme que lo cumpliremos.
Galileo: —Pero tendrá que ser después de la exposición, estos días estaré muy ocupado.
Yolanda: —Sí, mi amor, no hay ningún problema.
El auto llegó a Cumbres de la Reina.
Galileo le pidió a Yolanda que bajara primero.
—Entra tú, voy a fumarme un cigarro antes de entrar.
Una vez, Anatolia lo había sorprendido fumando frente a Yolanda y le había dado un regaño tremendo. Desde entonces, tenía que esconderse hasta para fumarse un cigarrillo. Era frustrante.
Yolanda bajó del auto radiante de felicidad.
Silvio observaba la expresión de Galileo por el retrovisor y por fin entendía el dicho de que "la alegría de unos es la desgracia de otros". Iba a felicitarlo, pero se dio cuenta de que no era el momento adecuado.
En su lugar, decidió informarle de otro asunto.
—Jefe, encontramos un local excelente para la florería de la señorita Irene, pero el precio es bastante elevado. ¿Qué opina si...?
Galileo le dio una calada al cigarro, recargó la cabeza en el asiento y lo miró con cansancio.
—¿Acaso crees que estoy en la ruina?
Silvio respondió con cautela: —No me refería a eso, jefe. Solo sugería si tal vez deberíamos esperar un par de días y buscar otras opciones.

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