Galileo y Yolanda caminaban adelante.
Yolanda traía a Galileo pegado como si le diera miedo soltarlo; caminaba rozándolo a propósito a cada paso.
Galileo, en cambio, se notaba incómodo por las miradas de los demás y evitaba tanto contacto.
Venancio se inclinó hacia Nanette y le susurró:
—Esa querida ni se imagina que Galileo trae a otra por ahí. El día que se entere, va a armar un berrinche de los buenos, ¿a poco no?
Nanette ignoró el comentario y le reclamó en voz baja:
—¿Para qué fregados aceptaste comer con él?
¿Nosotros cuatro comiendo juntos?
¡Esa mesa iba a ser un campo minado!
Venancio se encogió de hombros.
—De todos modos teníamos que comer, así nos ahorramos una lana. Acabo de soltar un montón de dinero en la inversión, ando bruja.
—¡Ay, por favor! —Nanette soltó una carcajada—. ¿A poco te falta dinero?
Venancio sonrió sin decir nada.
—Oye —preguntó ella—, ¿de qué platicaron ahí adentro?
—Si quieres saber, tienes que rogarme.
Nanette le puso los ojos en blanco.
—Solo Camila te puede poner en tu lugar.
—¿Ella? Falta ver quién pone en su lugar a quién. No olvides que ahora me necesita. Si no me hiciera pasar por su novio para calmar a sus papás, ¿tú crees que la dejarían en paz?
¡La tendrían harta con tantas citas arregladas!
Nanette sintió un poco de lástima por Camila.
—Tampoco es como que ella tenga mucha opción, no te pases de lanza y te aproveches de la situación para molestarla.
Venancio rodó los ojos.
—Querida, no digas mentiras. De la patada que me dio la vez pasada, todavía me duele.
Aunque sabía que estaba exagerando, Nanette casi se echa a reír.
—Casi logras cambiarme de tema. ¿En serio no me vas a decir de qué hablaron?
Venancio dejó de bromear.
—Me dijo que el divorcio fue por fuerza mayor, que nunca quiso lastimarte de verdad. Me pidió que no intentara nada contigo porque «no eres para mí».
Nanette torció la boca.
—¿Y le creíste esa sarta de tonterías?
—Lo que sí creo es que definitivamente voy a intentar algo contigo.
El lugar donde fueron a comer era un restaurante de estilo retro.

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