Galileo hizo reservación en un restaurante francés exclusivo.
Decoración elegante, luces tenues, vajilla impecable... todo gritaba un ambiente de puro romance.
El lugar perfecto para una cita en pareja.
Para ser honestos, a Nanette ni siquiera le gustaba tanto la comida francesa.
Prefería mil veces la comida mexicana. Un buen plato de chilaquiles de Melba con un par de huevos estrellados le habría sabido a gloria en comparación.
Al pensar en la sazón de Melba, inevitablemente recordó a Noel.
Recordaba que alguna vez le comentó que Melba hacía maravillas en la cocina, y Noel le contestó:
—Algún día tendré que probar eso.
Ella le había dicho:
—Claro, cuando tengas chance, avísame.
Pero hasta el día de hoy, Noel jamás se había quedado a cenar en su casa.
Siempre que iba, parecía estar a las prisas, llegando rápido y yéndose igual de rápido.
Y siempre por problemas de ella.
—¿En qué piensas?
Galileo le acomodó la silla con una caballerosidad impecable.
Nanette volvió a la realidad.
—En nada.
Galileo le pasó el menú.
—Checa qué quieres comer.
Nanette respondió por inercia:
—Me da igual, pide lo que a ti te guste.
Esa era la costumbre. Lo que comían siempre dependía del humor de Galileo.
Él sonrió suavemente.
—Hoy tú mandas.
A Nanette se le contrajo el rostro en una mueca incrédula.
—Híjole, la verdad no estoy nada acostumbrada a verte así.
Galileo la miró con suavidad.
—¿Quieres vino tinto?
—No, gracias. Agua está bien.
—El vino de la casa es excelente, deberías probarlo.
—De verdad no, ya no tomo alcohol.
Galileo pareció hacer memoria.
—Me acuerdo que antes llegabas tomada seguido... Yo pensé que te gustaba.
Nanette soltó una risa amarga en su interior.
Se emborrachaba porque tenía que aguantar a sus clientes para cerrarle negocios. En realidad, odiaba el sabor del alcohol.

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