—El año pasado, de la nada, tuvo como un momento de lucidez y me regaló este dije. Me dijo que era para agradecerme por haberla cuidado tanto tiempo.
—En ese momento hasta me emocioné, creí que ya se había curado. Pero qué va, solo estuvo lúcida un ratito y luego volvió a lo mismo.
Nanette preguntó con desesperación:
—Entonces dígame, ¿Candela de verdad falleció?
La tristeza en el rostro de la mujer se veía genuina.
—La verdad, cuando me enteré de la noticia, me la pasé llorando varios días.
A Nanette se le aflojaron las piernas por un segundo.
—¿Me está diciendo que de verdad murió?
Noel la sostuvo con firmeza por la espalda.
—¿Usted vio con sus propios ojos el fallecimiento de Candela?
La mujer negó con la cabeza.
—Yo me fui de la casa de reposo antes de que pasara.
Resultaba que no había sido como Ximena les dijo, que se marchó después de la muerte de Candela, sino mucho antes.
—¿Por qué se fue? —preguntó Noel.
—Ximena nos dijo que la casa de reposo ya no tenía dinero, que apenas y sobrevivía. Para recortar gastos, tuvieron que correr a gente, y pues me tocó a mí.
Nanette y Noel cruzaron miradas.
Todo esto era demasiado sospechoso.
Ella era la enfermera asignada directamente por Guillermo. Aunque hubiera recortes, no tenían por qué correrla a ella.
Además, la señora tan amable que Nanette conoció ayer en la casa de reposo le había dicho que llevaba poco tiempo trabajando ahí.
Si estaban corriendo personal para ahorrar dinero, ¿por qué habían contratado gente nueva?
No tenía ninguna lógica.
Nanette decidió ser sincera:
—Yo soy la hija biológica de Candela, y también tengo uno de esos dijes.

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