Fue hasta pasadas las nueve de la noche que terminaron de limpiar el deslave, y el tráfico por fin empezó a avanzar.
Pero como los planes cambiaron, no se regresaron a San Lirio; prefirieron buscar un hotel cerca para pasar la noche.
Con el aguacero y los deslaves, muchísima gente no pudo seguir su camino y andaban en las mismas, buscando dónde dormir.
Los hoteles se llenaron en cuestión de minutos.
La recepcionista les dijo que solo quedaba una habitación, pero con dos camas.
Nanette volteó a ver la oscuridad de la calle y fue directo al grano con Noel:
—¿Te incomoda?
Noel se rio un poco.
—Mientras tú no tengas problema.
Nanette pensó:
«A estas alturas, ¿qué chingados me va a incomodar?».
Al entregarles la tarjeta electrónica de la puerta, la recepcionista les comentó con una sonrisa:
—Si no quieren dormir separados, pueden juntar las camas.
Todo iba bien hasta que la chava de la recepción salió con eso. Nanette se puso roja de la vergüenza.
Noel agarró la tarjeta sin inmutarse.
—Gracias.
La habitación estaba hasta el fondo del pasillo, era la última de la fila.
Por lo visto, el hotel de verdad había hecho su agosto ese día.
Pasaron la tarjeta y entraron.
—¿Qué cama quieres? —preguntó Noel.
Nanette le dio una ojeada al cuarto.
—La de la orilla, me gusta dormir cerca de la ventana.
—Va.
El cuarto no era nada del otro mundo, ni de chiste se comparaba con uno de cinco estrellas.
Las camas estaban súper chiquitas.
A Nanette le preocupaba que Noel, con su uno ochenta y ocho de estatura, fuera a estar todo encogido e incómodo.
De repente, el silencio se apoderó de la habitación.
Ambos se sentaron en la orilla de sus respectivas camas sin decir una palabra.
Cuando cruzaron miradas, a los dos se les escapó una sonrisita.
—Me salgo un rato para que te bañes —dijo Noel—. Entro cuando termines.
Nanette había pensado en tirarse a dormir así como venía, sin bañarse.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó