Yolanda se acurrucó en su hombro.
—Entonces dame tú.
Galileo tomó un pedazo y se lo acercó a los labios.
Pero ella se puso melosa.
—No, no quiero que me des así...
Ese tono caprichoso hizo que Galileo recordara lo que había pasado en el coche, y de pronto sintió un calor repentino recorriéndole el cuerpo.
Esbozó una sonrisa pícara.
—¿Y cómo quieres que te dé?
Yolanda se sentó a horcajadas sobre sus piernas y le enredó los brazos al cuello.
—Quiero que me des... con tu boca.
A Galileo se le subió el calor y se le fue el autocontrol; la miró la boca un segundo y se le salió lo que pensaba.
—Mira nada más esa boquita: para hacer berrinche sí, pero para provocarme también.
Yolanda acercó sus labios a la oreja de él, provocándolo descaradamente con su respiración.
—¿Quieres que te lo demuestre otra vez?
Esa noche, no hubo manera de pararlos. Galileo no salió de la habitación de Yolanda hasta la madrugada.
Salió con la cara de quien no se arrepiente de nada.
Ivón se rio por lo bajo mientras se colaba en la recámara de Anatolia.
—¡Ay, mamá, de verdad que te las sabes de todas! Galileo apenas va saliendo. Yo creo que esto ya se coció; dudo que estos dos vayan a tener problemas ahora. Solo falta esperar a que Galileo firme el papel de divorcio con esa tipa.
—No cantes victoria tan pronto —advirtió Anatolia—. El divorcio no sale de un día para otro; todavía falta que se cierre. ¿Qué tal si Galileo resulta que todavía siente algo por esa cualquiera y se echa para atrás a la mera hora?
—Mamá, puedes estar cien por ciento tranquila. Galileo no es ningún tonto. ¿A poco crees que va a soltar tremenda herencia y todas las empresas nada más para irse con esa vieja? No está tan ciego.
—Ciego no está, pero a veces se pasa de listo. Y que alguien sea demasiado inteligente no siempre es bueno.
Ivón no le entendía nada.
—¿De qué hablas, mamá? ¿Cómo que tiene de malo que Galileo sea inteligente?
Anatolia resopló.

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