Al ver su elegante firma, a Galileo se le encogió el corazón.
—Ya hablé con mi abuela sobre los quinientos millones de pesos. Ella estuvo de acuerdo.
—Perfecto. Entonces transfiéremelos lo más pronto posible —dijo Nanette.
—Mi abuela dijo que te los dará cuando tengamos el acta de divorcio.
—Está bien, no hay problema.
Galileo se quedó callado un momento.
—Parece que no te duele ni un poco.
Nanette tuvo ganas de reírse, pero sabía que no era el momento.
Así que, manteniendo su tono tranquilo, respondió:
—La tristeza no siempre se nota en la cara. No porque no haga un escándalo significa que no me duela.
Galileo guardó el acuerdo de divorcio.
—Iremos al registro civil a firmar los papeles en cuanto den de alta a Mateo.
—De acuerdo.
Galileo quería añadir algo más, pero abrió la boca y no supo qué decir.
Al ver la expresión serena y distante de Nanette, se dio cuenta de que cada vez la sentía más lejos.
Tan lejos que ya no podía alcanzarla.
¿De verdad había sido una buena idea pedirle el divorcio?
Se formó un silencio incómodo entre los dos.
Fue Nanette quien rompió el hielo.
—¿Eso significa que ya no tengo que regresar a la casa de los Godoy y puedo quedarme en mi propia casa?
Mi propia casa.
Qué bien se sentía decir esas palabras.
—Puedes quedarte donde quieras, no te voy a obligar —respondió Galileo.
Su tono era tan condescendiente que a Nanette le pareció extraño. Ese no era el Galileo que ella conocía.
—Así nos evitamos que te pelees con Yolanda. Si te quedas aquí, la casa estará más tranquila.
Una ola de mentadas de madre cruzó por la mente de Nanette.
—Pero pasado mañana es el cumpleaños de Dina, así que tienes que ir.
¿Cumpleaños?
Nanette recordó de pronto que Noel le había prometido a Dina asistir a su fiesta.
Seguramente no quería ir.
Pero temía que la niña se pusiera pesada.
—¿No te parece de mal gusto hacer una fiesta cuando el niño sigue en el hospital? —preguntó Nanette con fastidio.
—También pensé en eso, por eso no vamos a hacer nada grande. Solo será una cena familiar.

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