Venancio levantó una ceja.
—La está haciendo pedazos... pero el cabrón se lo merece. No supo valorar lo que tenía y encima le pone los cuernos.
Noel se frotó los ojos cansados.
—¿Vienes de allá?
—Sí, acabo de ir a verla.
—¿Y cómo está?
Venancio agitó la lata de refresco que tenía en la mano.
—Bien, tiene buen semblante y mucha energía. Algo aburrida, eso sí, porque al igual que tú, se la pasa revisando código.
—Me acabo de dar cuenta de que ustedes dos se parecen bastante —añadió.
—Obstinados, tenaces, de los que no se rinden cuando se proponen algo. Solitarios, fríos, pero leales y protectores con los suyos.
Noel sonrió. —Tal vez por eso podemos trabajar juntos.
—Oye, si te preocupa tanto, deberías ir a verla —sugirió Venancio.
Noel recordó haberse escondido en la cocina el día anterior; hasta a él le dio risa. —No es conveniente.
—¿Qué tiene de inconveniente? Mírame a mí, entro y salgo cuando quiero, a mí me valen madre esas cosas.
Noel sonrió sin decir nada.
—Descubrí que Luis podría estar metido en contrabando —continuó Venancio—. Si le rascamos más, no se va a quedar en simple evasión fiscal; es probable que se pase el resto de su vida en el bote.
—Deja de investigar por ahora —ordenó Noel.
Venancio no entendió.
—Si solo es evasión fiscal, mientras tenga buena actitud y pague los impuestos atrasados, no pasará a mayores. Lo más seguro es que Luis se libre de la cárcel.
—¿No le estaríamos dejando el camino muy fácil? —insistió Venancio—. ¿Por qué no acabarlo de una vez por todas?
Noel lo miró con astucia.
—El Grupo Camoso todavía no puede caer.
—¿Y eso por qué?
—Porque ella aún no se ha divorciado.

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