Venancio jaló a Zulema por la cintura y la hizo sentarse sobre sus piernas.
—¿De verdad quieres tanto ese segundo bebé?
Ella le rodeó el cuello con los brazos y asintió con entusiasmo.
—Mhm.
—Entonces esperemos un año más, ¿te parece?
Zulema lo miró, rebosante de alegría.
—¿Estás de acuerdo?
—Si tú estás dispuesta a arriesgarlo todo para darme más hijos, ¿qué derecho tengo yo a negarme? —murmuró él. Desde el primer día, lo único que le había importado era proteger su salud.
—Mi amor...
—¿Sí?
Venancio le sostuvo la barbilla con suavidad y le dio un tierno beso en los labios.
—Nunca dudes de lo que siento por ti. Si no te amara, no me habría casado contigo. Y si me casé contigo, es para amarte toda la vida.
Zulema se acomodó entre sus brazos con una sonrisa traviesa.
—Ya lo sé. Prometo no decir tonterías nunca más. Voy a aprender a portarme bien, igual que Aarón.
Venancio frunció ligeramente el ceño.
—No te muevas tanto.
Zulema no era muy experimentada en cuestiones de intimidad; en cada uno de sus encuentros, él siempre tomaba la iniciativa, y ella solo se dejaba llevar. Pero en ese momento, parecía haber tenido una revelación.
—Amor... ¿y si... nos vamos a nuestra habitación?
Venancio casi suelta una carcajada.
—¿Y dejamos a estos dos diablillos aquí tirados?
—La niñera cuidará de ellos, no pasa nada —insistió ella.
Él le pellizcó las mejillas regordetas.
—¿Por qué estás tan atrevida hoy?
Zulema se inclinó y le susurró al oído:
—Hoy no quiero hacerlo en la cama.
Venancio también bajó la voz, ronco de repente.

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