Hugo lo fulminó con la mirada, dispuesto a saltarle al cuello.
—Te lo advierto, si vuelves a acosarla, te juro que no respondo de mí.
Galileo quiso molestarse, pero no encontró la energía para hacerlo.
Desde que su esposa, la "tigresa", lo traía a raya en casa, su nivel de tolerancia se había incrementado de manera considerable.
—¿Y de dónde sacas que la estoy acosando, muchacho?
—A partir de hoy, si la ves venir, más vale que cruces la calle. Ni ella ni yo queremos ver tu cara.
En ese instante, algo hizo clic en el cerebro de Galileo.
—¿No me digas que andas detrás de ella?
Un evidente sonrojo de vergüenza cubrió el rostro de Hugo.
—Eso no es asunto tuyo.
A Galileo le picó el gusanillo de la provocación.
—¿Será que se te olvidó que esta mujercita alguna vez fue...?
¡Plaf!
Un sonoro zape aterrizó de lleno en la nuca de Galileo.
Indignado, se volteó para ver qué infeliz suicida se había atrevido a tocarlo.
Pero apenas vio de quién se trataba, su furia se evaporó como por arte de magia.
Camila le dio un fuerte pellizco en el brazo.
—¡Galileo Godoy! ¡¿Ya te cansaste de vivir?!
Él se sobaba la nuca y luego el brazo, haciendo muecas de dolor.
—¿No puedes tratarme con un poco de respeto en público? A fin de cuentas, sigo siendo el presidente Godoy.
—¡Tú fuiste el que perdió la vergüenza hace rato! ¡¿Por qué habría de guardarte respeto?! ¿Acaso te pasaste por el arco del triunfo todo lo que te advertí?
Galileo se tragó su orgullo.
—Solo estaba bromeando con él, te lo juro. No tenía malas intenciones.
—¡Pues guárdate tus chistecitos de mal gusto!
La actitud de Galileo, sumamente dócil, contrastaba con su arrogancia habitual.
—Está bien, lo que tú digas.
De verdad que debía de tener un pésimo karma para haber terminado domado por esta mujer.
Camila miró a Hugo.

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