—Qué milagro que quieras ir a verlo por tu cuenta.
Y era verdad.
Desde que Yolanda y el bebé se mudaron a la casa, Nanette jamás había puesto un pie en esa recámara por iniciativa propia.
Esa era la primera vez en la historia.
Y todo porque quería zafarse de aquel beso asqueroso.
Tampoco quería pasar mucho tiempo a solas en la misma habitación que Galileo.
Estar con él le despertaba demasiado resentimiento.
Y el odio hace que la gente pierda la cabeza.
Cuando Yolanda vio entrar a Nanette, se quedó pasmada.
—¿Nanette?
Nanette forzó una sonrisa.
—Vine a ver a Mateo.
El bebé estaba acostado en su cuna, moviendo las piernitas y los bracitos lleno de energía.
Nanette se acercó, se inclinó y le rozó la mejilla suavemente con la yema del dedo.
Estaba regordete y la verdad es que era muy lindo.
Inconscientemente, Nanette se tocó el vientre.
¿Cómo sería su propio bebé?
¿Se parecería más a ella o a...?
De pronto, la manita de Mateo se aferró al dedo de Nanette.
Aquel contacto tan suave y tierno logró ablandarle el corazón.
¿Qué culpa tenía el niño?
A fin de cuentas, solo era una víctima inocente en todo ese teatro.
Galileo se acercó por detrás de ella.
—Mira, se ve que le caes muy bien.
Nanette retiró su dedo sin decir una palabra.
Verlos a los dos frente a la cuna le encendió un ardor silencioso en el pecho a Yolanda.
Cualquiera que los viera pensaría que era su hijo.
—Nanette, me dijo Gali que mañana van a ir a una subasta de caridad. Tienes que arreglarte muy bonita, ¿eh? Para que Gali se vea bien presentable.
Nanette apartó la mirada del bebé.
Todavía no tenía el valor de sacarle sangre a la criatura.
Pero si no lo hacía, no había forma de hacerle la prueba de ADN...
Al ver que no respondía, Galileo le llamó la atención.
—Te está hablando Yolanda.
Nanette sacó una sonrisa de la nada.
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