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NO QUIERO TU AMOR POR LÁSTIMA romance Capítulo 81

—No tires de ella, nena… déjala respirar…

Douglas empezó a murmurar indicaciones que, obviamente, Lily no escuchaba.

Pero lo hizo bien, no presionó al animal.

Sin embargo, la yegua no estaba dispuesta a dejarse montar tan fácil sin demostrar dominio.

En un segundo, las cosas se descontrolaron.

Comenzó a correr de manera descoordinada, arqueando su espalda para intentar tumbar a la jinete.

Sus cascos repicaban sobre el césped, levantando la tierra.

Los relinchos eran enojados, las sacudidas violentas, pero sobre ella Lilianne seguía montada, controlando, calmando, intentando dominar.

En unas piruetas violentas, con la yegua corcoveando y lanzando patadas hacia atrás, Douglas se irguió sobre el cercado, tenso, mirando fijamente la escena.

Las niñas a su lado ni hablaban, pero Sophie tomó de repente con fuerza la mano de Sienna.

Era su gesto cuando tenía miedo de algo.

—Douglas, manda a intervenir… Dios… apúrate, tengo miedo de que se caiga y ese animal loco la patee… Luke...— Lucy estaba que se comía las uñas.

—No, ella puede, ella lo ha hecho antes. ¡Vamos, nena, muéstrale quién manda, Lily!

El rugido de Douglas desató una oleada de ánimos.

—¡Mamita, tú puedes! —Sophie fue la primera en gritar a pesar del miedo y las lágrimas colgando de las largas pestañas.

Las otras dos McCall miraban con la emoción en el rostro.

Habían visto muchas veces esta escena en los hombres, pero nunca en una mujer.

Los gritos atrajeron a los trabajadores cercanos de las caballerizas, además de los relinchos salvajes de la yegua.

Alguien más se acercó al escuchar la algarabía en los establos.

Y los ojos rojos de Georgia, que había salido a dar un paseo para despejar la cabeza, se llenaron de una ira que casi la hizo explotar.

¡¿Qué mierd4 hacía esa estúpida con su yegua?!

Se acercó lentamente hasta pararse detrás de unos naranjos, deseando internamente que la tumbara y la aplastara hasta la muerte.

Así de perversos eran sus pensamientos, pero Lilianne no solo no se cayó del animal que ella no pudo domar, sino que siguió acumulando la admiración de todos.

Lily sudaba y jadeaba, intentaba no crear mucha tensión con las piernas, pero debía sujetarse bien.

Las riendas tomadas con fuerza en sus manos, sintiendo la piel pelándose bajo los jalones constantes.

Sus músculos ya dolían de estar tensos, su cabeza se sacudía con cada movimiento brusco, pero su boca seguía intentando calmar a Saphira.

Así se llamaba la yegua a la que, poco a poco, le fue ganando la confianza.

—Ea, ea, ¡vamos, Saphira, vamos bonita! Calma, calma...

Le rugió en los últimos momentos, acarciándole el cuello, hasta sentir que el miedo en el animal bajo sus piernas se iba calmando.

Los brincos violentos comenzaron a volverse galopes cada vez más suaves, un andar más tranquilo y fluido, mientras Lilianne comenzaba a galopar con seguridad.

Su cuerpo se movía con soltura, como nacida para domar, y pronto Saphira se rindió en sus manos.

Empezó a correr por todo el perímetro del corral mientras estallaban los gritos emocionados de los empleados del rancho.

Douglas la miró con una sonrisa de idiota enamorado en la boca.

Bajo el sol del mediodía, Lily parecía brillar de lo hermosa que se veía sobre la silla, controlando las riendas con una sola mano como había aprendido a controlar su vida.

Cuando Saphira pasó por delante de ellos, Lilianne los saludó con una sonrisa radiante.

—¡¿Soy o no soy mejor que tu padre?!

Gritó, lanzándoles un beso a sus niñas, que la miraban con lucecitas en los ojos.

—¡Mi mamá es la mejor!

Ambas gritaron llenas de orgullo y el pecho de Lily dio un vuelco.

Jamás pensó enseñarles esta parte de ella, y mirar a los ojos de Douglas le mostró finalmente lo mucho que había extrañado todo esto.

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