—¿Está segura, señora? Esta yegua es muy arisca, fue un regalo a la Srta. Georgia, pero no pudo domarla…
—Está bien, solo necesita a alguien que la comprenda.
Cuando Lilianne escuchó que la yegua moteada que había señalado en el establo había sido de Georgia, más se interesó.
Se acercó lentamente para intentar conectar con el animal.
Sus ojos la miraron y sus manos picaban por montar.
Hacía mucho que no lo hacía, pero había cosas grabadas bajo la piel que jamás se olvidaban.
Afuera, alrededor del cercado de madera y subidas en las tablillas, estaban las gemelas y sus nuevas amigas, las hijas de Clayton y Savannah.
Le decían Sra. Weasley no solo por su cabello rojizo, sino porque no había perdido tiempo en quedarse embarazada desde jovencita.
Maisie y Sadie McCall apenas se llevaban un año de diferencia.
Maisie, la más gordita, pelirroja y siempre persiguiendo a su hermana mayor Sadie, la de espejuelitos, con el cabello castaño como su padre, y ambas con los característicos ojos verdes McCall.
Por suerte, el próximo hermanito era macho o Clayton tendría serios problemas luchando con tres futuros yernos.
—¿Qué están tramando ustedes ahora?
Las cuatro cabecitas se giraron, al igual que Douglas, para ver llegar a Lucy con su nuevo seguidor.
Douglas alzó una ceja, preguntándose qué diría ese hombre peligroso si sabía que un joven fortachón y con más testosterona le estaba baboseando toda la mercancía.
—¡Tía, mamá va a montar una yegua cerrera!
Sienna enseguida soltó la barbaridad que Douglas le había dicho.
—¿Es broma, no? —Lucy también se acercó con curiosidad.
—No es broma, Lily es una de las mejores amazonas que conozco. Prepárate para quedarte con la boca abierta.
Douglas volvió a girarse hacia el enorme corral con césped y espacio para cabalgar.
—¿Y qué yegua escogió? Porque recuerdo que había una negrita y la otra… bueno, no creo que le den la otra, es peligr… Joder…
Luke miró a un punto fijo en las puertas de la caballeriza que conectaban con el rodeo y abrió mucho los ojos.
Cuando todos fijaron la vista, vieron la escena de una yegua de fuertes músculos, de color marrón y blanco, que salió corriendo a todo galope.
Sus cascos enseguida empezaron a golpear la tierra con fuerza, dándole la vuelta al terreno, y en el centro estaba Lilianne.
Una soga larga firmemente agarrada en sus manos, dejando que el animal liberara su energía, su estrés.
Chasqueaba la lengua, haciendo sonidos raros, llamando a la yegua por su nombre y dejándola correr en círculos sin soltar ni una vez el control.
—¿Qué está haciendo? —Todos se arrimaron a la cerca y Lucy preguntó con genuino interés.

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