Georgia se aferró a la cintura del Sr. McCall, que se suavizó enseguida.
Se notaba que la tenía consentida.
Posiblemente, fue la hija de la vejez.
—Mamá ya está mandando a servir el almuerzo. Savannah, ¿por qué no llevas a nuestras invitadas y les enseñas sus habitaciones mientras los hombres hablan tranquilos de negocios en la biblioteca?
—¿Y tú por qué no te vas al…?
—Mi amor, ¿qué hablamos?
Todos escucharon el susurro de Clayton en el oído de la pelirroja salvaje.
Miró de soslayo a la visita y era obvio que se había pactado una tregua familiar.
Savannah y Georgia no parecían soportarse.
—Hija, deja de molestar a Savannita, que el médico dijo que no se puede alterar…
—Está bien, Sr. Leo, igual iba a enseñarles a nuestras invitadas las habitaciones que les preparamos… y sin que me mandaran como a las sirvientas.
La pelirroja agregó entre dientes, con malas pulgas.
—Vengan, vamos, deben estar agotadas. Los cuartos tienen unas vistas increíbles…
Lilianne fue a llevarse a Douglas con ella, pero la tal Georgia los detuvo.
—Sr. Douglas, seguro quiere tomarse algunas copas mientras espera al resto de sus hombres. Papá dejó todo preparado en la biblioteca…
Manipuló toda la situación y era obvio que, como buenos sureños, los negocios se hablaban en privado entre los hombres.
Lilianne no haría una escena por eso y aquí Douglas también había venido a ganarse sus millones.
—Nos vemos luego, mi amor, voy preparando el equipaje que trajimos.
—Bien.
Georgia torció un poco la boca en secreto cuando Douglas se inclinó y le dio un beso rápido en los labios a esa engreída de New York.
Se creía la muy diseñadora con los tres trapos esos encima.
Ella tenía colecciones sin estrenar de Milán y París, no le impresionaba para nada la Maison Valehart, esa casa de diseños de cuarta.
Entraron por fin a la enorme hacienda llena de lujo rústico, madera preciosa, muebles de cuero, lámparas enormes colgando del techo en pico y travesaños barnizados.
Todo tenía ese aroma amaderado y perfumado, cálido y tan vivo.
Savannah era una mujer muy sencilla y vivaracha, era fácil hablar con ella y tomarle aprecio.
Las subió al segundo piso y se alejó un momento para preguntarles a las doncellas si ya los cuartos estaban listos.
Lilianne aprovechó para acercarse a su hermana.
—¿Tú conoces a alguna de estas personas además del tal Luke? ¿Le hiciste un desplante o algo malo? —le susurró recordando la frase de Maggie.
—¿Yo? No. Ni siquiera me había enterado de que él sentía algo por mí… Ni relacioné su apellido con estos McCall.
Lucille susurró de vuelta.
Lilianne frunció más el ceño.
Ahora que lo pensaba, con la llegada de Savannah y luego de su esposo, el Sr. McCall nunca estiró la mano para saludar a Lucille.
¿Sería una coincidencia o algo más?
—¿Sucedió algo?
—No, no, nada. Solo… mantengamos el perfil bajo estos días —Lily suspiró.
—Eso lo dices por ti, ¿no? Mira quién se va a la reunión de “solo hombres”.

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