C60- ME ROBASTE OCHO AÑOS.
—Papito... —susurró—. Soy yo... tu hija.
Angelo seguía agachado, con la mano extendida en el aire, la sonrisa que tenía se congeló, no desapareció. Se quedó ahí, rígida, fuera de lugar y sus ojos tan azules como los de su hija, se abrieron un poco más, no por sorpresa, sino por algo peor: una incomprensión profunda.
Su cabeza rechazó la palabra, pero algo más antiguo, más rápido, ya la había reconocido.
Hubo segundos largos, pesados, donde solo se miraron.
Angela tragó saliva y volvió a hablar, esta vez con un hilo de voz más firme, como si juntar las palabras le diera valor.
—No me crees... soy tu... tu hija. Angela. Me llamo como tú... porque tú eres Angelo, ¿verdad? —respiró hondo—. Eres SEAL y... te vi con mamá... ella te besa... y William... es mi amigo. Tú eres mi papá. Lo sé. Eres... mi papá.
Ahí el golpe fue real.
A Angelo se le vació el estómago y un zumbido le llenó los oídos.
Todo encajó al mismo tiempo y le dolió como una verdad que llega tarde.
Angela.
La amiga de William.
La niña que buscaba a su papá.
Esos ojos.
Sus ojos.
Cada pregunta suelta, cada detalle, se conectó en un segundo cruel y perfecto y la miró otra vez y algo le apretó el pecho con fuerza. Porque era aún más hermosa de lo que había visto hace un momento.
De hecho... era lo más hermoso que había visto en su vida.
La mano que tenía extendida cayó despacio hasta apoyarse en el suelo, como si necesitara sostenerse para no perder el equilibrio.
Pero no se alejó.
—¡Angela... Ven aquí!
La niña se apretó más contra Angelo, asustada por el tono de su madre, pero también desesperada.
—¡Mami! —dijo llorando—. No quiero dejarlo. Apenas lo encontré... y es mi papá.
Angelo miró a Aurora y ella lo miró también.
Una lágrima se le escapó sin permiso y él tragó saliva. Y sus ojos, que antes estaban llenos de una conmoción casi tierna, se endurecieron, la miró como un soldado que identifica de pronto la fuente del peligro.
Sin apartar la vista de ella, se puso de pie. Fue un movimiento lento, controlado, que llenó el pasillo, luego se agachó y, con una suavidad que contrastaba con la tensión de su cuerpo, tomó a Angela y la cargó en sus brazos.
Cuando habló, su voz fue baja, ronca y afilada.
No miró a Mike. Solo a Aurora.
—Ocho años. —Hizo una pausa mínima—. Me robaste ocho años.

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