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¡MI MARIDO NO ACEPTA EL DIVORCIO! romance Capítulo 128

C128 –TE DIJE QUE NO PODÍAS ESCAPAR

La oscuridad envolvía la carretera solitaria mientras el auto avanzaba entre las sombras de los árboles. De repente, una pequeña figura emergió tambaleante desde la espesura del bosque. El niño, con la ropa desgarrada y el rostro lleno de arañazos, cayó de rodillas sobre el asfalto. Los faros del vehículo lo iluminaron como si fuera un animal asustado atrapado en una trampa.

El conductor pisó el freno con fuerza y el chirrido de las llantas rasgó el silencio nocturno.

—¡Dios mío, es un niño! —exclamó la mujer mientras abría la puerta y salía disparada hacia la pequeña figura.

William permanecía inmóvil, como si sus piernas hubieran olvidado cómo sostenerlo. Su respiración era irregular y sus ojos, vidriosos y perdidos por el miedo.

La mujer se arrodilló junto a él; su rostro reflejaba una mezcla de preocupación y compasión mientras extendía las manos hacia el pequeño.

—Estás a salvo, bebé. ¿Qué pasó? ¿Dónde están tus papás?

William no respondió.

En lugar de palabras, sus pequeñas manitas se aferraron al brazo de la mujer con la desesperación de quien se ahoga y encuentra una tabla de salvación.

La mujer se giró hacia su marido, quien se había acercado con pasos cautelosos.

—Aaron, creo que a este niño le pasó algo grave. No es normal que salga así del bosque y en este estado.

Aaron observó al pequeño con detenimiento: las manchas de tierra y los arañazos en sus brazos y rostro, pero sobre todo, aquel terror indescriptible en sus ojos.

—Está en shock, Rachel. Tiene rasguños… ¿quizás algún animal? Hay que llamar a la policía —sugirió, sacando su teléfono del bolsillo.

—No —negó Rachel con firmeza mientras acariciaba el cabello enmarañado del niño—. Mira sus ojos. No está herido, está aterrado. Primero hay que estabilizarlo. Vamos, lo llevamos a casa.

Aaron dudó un instante, pero la determinación en los ojos de su esposa lo convenció, así que asintió y se inclinó para ayudar a levantar al pequeño.

William no opuso resistencia cuando lo subieron al auto; al contrario, se acurrucó en el asiento trasero, abrazando sus rodillas contra el pecho como si intentara hacerse lo más pequeño posible.

No pronunció palabra alguna. Solo temblaba.

Mientras tanto, en el Hospital Central, el Dr. Montaño revisaba unos papeles frente a Angelo y Aurora, quienes esperaban con una mezcla de ansiedad y esperanza.

—Es un milagro —declaró el médico con una sonrisa contenida—. Su actividad cerebral es completamente normal. Pero estará débil; la desconexión entre el cerebro y los músculos es lenta. Deben darle tiempo para que se recupere.

El rostro de Angelo se iluminó. Después de ocho años de espera, su hermano había regresado. Las lágrimas amenazaban con escapar de sus ojos mientras su corazón latía desbocado.

Aurora le dedicó una sonrisa cálida.

—Pues ya está aquí. Tu hermano está de vuelta.

Cuando llegaron a la habitación, Angelo y Aurora se acercaron a la ventana de cristal. A través del vidrio pudieron ver a Alan recostado en la cama, conectado a varios monitores.

Angelo sintió que las lágrimas finalmente escapaban de sus ojos.

Pero dentro de la habitación, Alan, sumido nuevamente en un ligero sueño, revivía su peor pesadilla. En sus sueños veía las luces de los faros acercándose peligrosamente por el espejo retrovisor mientras dos vehículos negros lo perseguían por la carretera desierta. El volante vibraba bajo sus manos sudorosas mientras pisaba el acelerador a fondo.

Luego, un impacto.

El chirrido de metal contra metal y el mundo girando violentamente a su alrededor mientras el auto volcaba una, dos, tres veces antes de detenerse en la cuneta.

Colgado boca abajo, atrapado por el cinturón de seguridad, Alan vio unos zapatos de cuero negro acercarse lentamente. Entonces lo vio: el rostro impasible de Logan, con aquella sonrisa fría.

—Te dije que no podías escapar —fueron las últimas palabras que escuchó antes de que todo se volviera negro.

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