C59- SEGUIR ADELANTE SIN ÉL
El mundo se detuvo un segundo.
—¿Qué?
—Él ordenó que se retiraran un día antes. Pidió que fuera lo más discreto posible. Y también me pidió que le dijera… —Harold carraspeó, como si las palabras le pesaran— que las asignaciones y los patrocinios a las organizaciones de ayuda que usted dirige seguirán exactamente igual. Que no tiene que preocuparse por nada de eso. Que ahora no tendrá que presentarse a las cenas ni a los eventos como duquesa y que puede enfocarse en su estudio de diseño. En lo que realmente le importa.
Cada palabra fue un golpe lento, preciso. Mateo lo sabía. Sabía que a ella la aburría ser duquesa, que odiaba las sonrisas falsas, los vestidos que pesaban más que su propia piel, las conversaciones vacías. Lo sabía todo. Y por eso se lo quitaba. Le devolvía la libertad que ella nunca se había atrevido a pedir en voz alta.
Pero le dolía. Le dolía tanto que los ojos se le llenaron de lágrimas sin permiso y las ganas de preguntar "¿dónde se fue?" ardían en la lengua, pero no las dejó salir. En cambio, habló con una frialdad que no sentía.
—Supongo que se fue con ella, ¿verdad? Con Blair.
Harold negó despacio.
—No, mi señora… Me temo que… la señorita Blair se fue. Ella… —tragó saliva— ella se ha ido también, aunque no con el señor.
El impacto la atravesó como un cuchillo frío. Blair se había ido. Mateo se había ido. Y ella se quedaba aquí, con una carpeta en las manos y un vacío que crecía dentro del pecho.
Harold la miró un segundo más, luego habló, casi en un susurro.
Mateo le estaba dando todo, absolutamente todo.
La casa de campo en los Cotswolds pasaba a su nombre, el apartamento en Londres también. Las cuentas de inversión que habían abierto juntos para Thomas se mantenían intactas, pero con una cláusula adicional: un fondo fiduciario separado, administrado por ella sola, para que el niño nunca tuviera que depender de nadie. Las organizaciones benéficas que Bianca dirigía recibían un aporte vitalicio garantizado por el patrimonio personal de Mateo, no por el ducado y al final, estaba su firma, Mateo Blackwell. Clara, sin tachones, sin dudas.
Las lágrimas cayeron sobre el papel antes de que pudiera detenerlas. Primero una, luego varias, emborronando un poco la tinta en el borde, soltó un sollozo corto, ahogado, y lanzó la carpeta al suelo con un golpe seco, los papeles se desparramaron como alas rotas.
Se tapó la cara con las manos. Lo amaba. Lo amaba tanto que le dolía el cuerpo entero, como si le hubieran arrancado algo vivo de dentro. Pero no sabía cómo perdonarlo. No sabía cómo perdonarle las mentiras y en cambio quería odiarlo. Pero al mismo tiempo no quería perderlo.
Y en medio de ese llanto roto, con los papeles del divorcio esparcidos a sus pies, Bianca entendió que ya no había vuelta atrás, aunque tampoco había forma de seguir adelante sin él.

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