C41- TE VIENES CONMIGO
Blair colgó el teléfono con manos temblorosas y su corazón latía tan fuerte que podía sentirlo en sus oídos. Se asomó de nuevo a la ventana, pegando su frente al cristal frío, el coche negro arrancó lentamente, alejándose por la calle. Pero ella sabía, lo sentía en cada fibra de su ser: esto no era el final. Era solo el principio. Él volvería.
Las lágrimas corrían por sus mejillas mientras su mente se llenaba de imágenes de sus hijos, Sebastian y Alejandro. Todo lo que había hecho estos ocho años había sido por ellos. Para protegerlos.
Aquiles nunca había querido hijos. Para él, ella solo era una amante, un cuerpo caliente en su cama, un secreto sucio que mantenía mientras seguía comprometido con la hija de un senador y un embarazo habría sido un escándalo, una mancha en su impecable imagen pública. Él lo habría eliminado, como eliminaba todo lo que se interponía en su camino.
Por eso había huido. Por eso había desaparecido sin dejar rastro.
El sonido de un motor la sacó de sus pensamientos y corrió a la ventana y vio el auto de Mateo estacionarse frente a su casa. Apenas había apagado el motor cuando ella ya abría la puerta.
—Está aquí, Mateo —dijo, lanzándose a sus brazos—. Está aquí.
Él la apartó suavemente para mirarla a los ojos.
—¿Estás segura?
Blair asintió, su cuerpo entero temblando.
—Sí, reconocí a Marcus, su jefe de seguridad. El hombre ha trabajado para él desde siempre.
Mateo apretó los labios y supo que la situación era peor de lo que pensaba.
—No puede acercarse a mis hijos —suplicó Blair, agarrándolo por la camisa—. No puede, Mateo. No sabes de lo que es capaz, los destruiría. Me los quitaría o peor...
—Tranquila —dijo Mateo, abrazándola de nuevo—. Todo está bien, ¿ok? Todo está bien.
Blair se derrumbó contra su pecho, sollozando.
—¿Qué voy a hacer? ¿Irme del país?
Mateo se quedó en silencio. Su mente trabajaba a toda velocidad, sopesando opciones. Si Aquiles la había encontrado después de ocho años, era porque tenía los recursos y la determinación para hacerlo, así que salir del país no serviría de nada. Solo retrasaría lo inevitable, porque él la encontraría de nuevo, y la próxima vez podría ser peor.
Había un solo lugar donde Aquiles no se atrevería a tocarla: el ducado Blackwell. Bajo su protección directa, en su casa. Pero eso significaba enfrentar a Bianca de una vez por todas y revelar el secreto que había guardado durante años.
Mateo sintió el peso de sus decisiones pasadas. Había intentado ayudar a Blair sin comprometer su matrimonio, manteniéndola a salvo pero a distancia, ahora esas dos vidas separadas estaban a punto de colisionar, y él estaba en medio, sin saber cómo proteger a todos.
—¿Y los niños? —preguntó, mirando hacia las escaleras.
—Están dormidos —respondió Blair, secándose las lágrimas.
Mateo asintió, tomando una decisión.
—Ve por lo esencial... te vienes conmigo.
Blair asintió.
Finalmente llegaron a la mansión Blackwell y el guardia de seguridad los dejó pasar sin hacer preguntas, aunque su expresión delataba su sorpresa al ver a los niños dormidos.
Mateo los guio rápidamente por la entrada lateral, evitando el vestíbulo principal. Blair caminaba detrás de él, con Alejandro en brazos, mirando con asombro la opulencia de la mansión. Se sentía como una intrusa, como la otra mujer que estaba a punto de destruir un matrimonio, la culpa la consumía.
—Mateo... —comenzó a decir.
—Vamos —la interrumpió él, guiándola por un pasillo hasta llegar a unas habitaciones de invitados en la planta baja.
Abrió la puerta y encendió la luz, revelando una suite elegante con dos camas individuales.
—Él no podrá tocarte aquí —dijo con firmeza.
Blair acostó a Alejandro en una de las camas y tomó a Sebastian de los brazos de Mateo para acomodarlo en la otra, los arropó con cuidado y luego se volvió hacia Mateo, con los ojos llenos de lágrimas.
—Mateo... esto... Dios santo, tu esposa...
Mateo pasó una mano por su cabello, el peso de la situación finalmente cayendo sobre sus hombros.
—Descansa —dijo con voz cansada—. Yo... me encargo de ella.
En ese momento, Bianca que había ido por agua. Vio a Mateo. Vio a Blair. Vio a los niños dormidos en las camas y su mundo se detuvo.
—¿Qué... qué es esto? —preguntó Bianca, con la voz hecha un susurro.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡MI MARIDO NO ACEPTA EL DIVORCIO!