C40- ¡ES ÉL!
Aquiles entró en su suite del hotel y cerró la puerta. Se quitó la chaqueta con movimientos precisos, dejándola sobre una silla, sus dedos desabrocharon los botones de la camisa uno por uno, revelando gradualmente su torso esculpido.
La camisa cayó al suelo y la luz tenue de la habitación dibujó sombras sobre los músculos definidos de su pecho y abdomen, se quedó solo con los pantalones negros, colgando bajos en sus caderas, la V marcada que descendía hacia la cintura atrayendo la mirada como una invitación pecaminosa.
Años de entrenamiento militar y disciplina habían moldeado su cuerpo, el de un SEAL: fuerte, ágil, letal.
Sin embargo, en el lado izquierdo de su pecho, justo sobre el corazón, destacaba un tatuaje: una delicada rosa negra con una única gota de sangre cayendo de uno de sus pétalos y debajo, en letras elegantes, un nombre: "Blair".
La marca que se había hecho el día que ella desapareció, una promesa silenciosa de que la encontraría. Se sirvió un whisky y lo hizo girar en el vaso, observando cómo la luz atravesaba el líquido ámbar.
Hasta que unos golpes sonaron en la puerta.
—Adelante —dijo, sabiendo quién era.
Su investigador entró, sosteniendo una carpeta negra.
—Señor... tengo información importante.
Aquiles apretó la mandíbula y tomó asiento en el sillón, el hombre le entregó la carpeta y al abrirla, la primera imagen lo golpeó como un puñetazo: Blair sonriendo junto a un hombre elegante.
Sus dedos se tensaron sobre la fotografía, arrugando ligeramente los bordes, mientras sus ojos estudiaban cada detalle: la mano del hombre en la espalda de Blair, la forma en que ella se inclinaba ligeramente hacia él, la comodidad entre ambos.
—¿Un duque? —preguntó con voz controlada, aunque su interior casi estallaba.
—Sí, señor. Mateo Blackwell, Lord Blackwell —confirmó el investigador—. Ha estado protegiéndola desde que llegó a Londres. Le consiguió documentos nuevos, trabajo, vivienda. Todo.
Aquiles soltó una risa fría, sin humor.
—Interesante. Mi mujer escondida por un lord inglés —se burló—. Qué romántico.
Le entregó las demás hojas al investigador, pero se quedó con la fotografía.
—Consígueme una reunión con ese tal Blackwell, quiero conocer al hombre que protege lo que es mío.
—Sí, señor —respondió el investigador antes de retirarse.
Ya solo, Aquiles miró fijamente la fotografía, y sus ojos parecían taladrar el papel, como si pudiera borrar al hombre junto a Blair con la intensidad de su mirada. Bebió un largo trago de whisky, apretando los labios en una línea dura.
—Mi querida Blair —susurró a la imagen.
Sus ojos se quedaron fijos en ella, en cómo miraba a Mateo, en esa sonrisa, esa seguridad que nunca había tenido cuando estaba con él.
—Cada sonrisa que le has dado, cada caricia, cada secreto compartido... me los pagarás con tu cuerpo, con tu alma. Y él... —sus dedos apretaron la fotografía—. Él aprenderá que lo que me pertenece no se toca, ni siquiera se mira.
Dejó la foto sobre la mesa y terminó su bebida de un solo trago. La cacería había comenzado, y esta vez, Blair no escaparía.
Casa de Blair, Surrey. Hora: 10:00 p.m.
Su corazón dio un vuelco cuando la puerta del conductor se abrió y un hombre salió. Incluso en la oscuridad, reconoció esa silueta.
Era Marcus, el jefe de seguridad de Aquiles.
Blair retrocedió como si la hubieran golpeado. Su rostro perdió todo color y sus piernas amenazaron con fallarle, al mismo tiempo que el aire se volvía denso, imposible de respirar, acompañado de un zumbido en sus oídos mientras el pánico se apoderaba de ella.
—No, no, no... No puede ser. No ahora. No…
Reaccionó por instinto, corrió hacia su bolso, sacó su teléfono y marcó el único número que podía ayudarla. Sus manos temblaban tanto que casi deja caer el aparato, mientras las lágrimas nublaban su visión mientras escuchaba los tonos.
—Dime —la voz de Mateo sonó tranquila al otro lado.
—Hay un coche —susurró, su voz apenas audible por el miedo—. Frente a mi casa, es él.
Mateo, que estaba ajustándose la corbata para una cena de beneficencia, se detuvo en seco.
—¿Estás segura? —preguntó, frunciendo el ceño.
—Sí... sí es él... ¡es él! —la voz de Blair se quebró—. Vi a Marcus, su jefe de seguridad.
Mateo se puso alerta de inmediato. Conocía esa mirada de miedo en Blair, aunque ahora solo pudiera escucharla.
—No te muevas —ordenó —Voy para allá.

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