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¡MI MARIDO NO ACEPTA EL DIVORCIO! romance Capítulo 39

C39-NADIE VA A ROMPERTE, SOLO YO

—Cre… creo que Londres, señor… —dijo una de las empleadas.

Aquiles apretó los dientes.

—¿Londres? ¿Allí es donde has estado? —musitó.

Después de eso, envió a su mejor hombre a rastrearla y ahora sabía que Blair tenía dos niños, dos varones, y no necesitaba una prueba de ADN. Bastó ver la primera foto para saberlo. Esos ojos marrones idénticos a los suyos, la forma de la mandíbula, hasta la manera en que uno de ellos fruncía el ceño cuando algo no le gustaba.

Eran suyos.

Sus herederos.

Y ella se los había robado.

Lo había dejado fuera.

Lo había borrado de sus vidas.

Sacó el celular y abrió la galería. La foto más reciente apareció en la pantalla: Blair en un parque, riendo a carcajadas mientras empujaba a los niños en los columpios, el sol le daba en el pelo y hacía que su piel brillara, mientras los niños la miraban con adoración pura.

Sintió un nudo en el pecho.

Una emoción cruda, casi dolorosa, porque esos niños eran parte de él. Pero luego sus ojos bajaron a ella, a su risa, a su cuello expuesto, a la curva de sus caderas que aún recordaba perfectamente bajo sus manos.

Su polla se endureció al instante.

Su cuerpo la extrañaba como si hubieran pasado mil años en vez de ocho. La quería debajo de él, ahora, gimiendo su nombre, llena de él otra vez.

—Volverás —murmuró bajo, con la voz ronca—. Volverás a mi cama y no vas a salir de ahí nunca más.

Cerró los ojos un segundo y el recuerdo llegó sin permiso, como siempre.

Tenía veintidós años. Ella quince. Era la fiesta de cumpleaños de su padre. Luces, música alta, gente importante bebiendo champán caro, pero Aquiles estaba en el balcón fumando cuando la vio salir al jardín con un invitado. Un tipo de veintitantos, traje caro, sonrisa de tiburón, la tenía arrinconada contra un árbol e intentaba besarla, mientras ella empujaba sus hombros, nerviosa, diciendo que no.

Tiró el cigarro y bajó las escaleras de tres en tres y llegó justo cuando el tipo metía la mano bajo el vestido de ella.

Un puñetazo, luego otro y el tipo cayó al césped, sangrando por la nariz.

—Lárgate —le dijo Aquiles al oído—. Y si vuelves a tocarla, te entierro vivo.

Su pecho subía y bajaba rápido. Sabía que estaba mal. Muy mal. Pero su cuerpo no escuchaba, y se encendió, nació un calor entre sus piernas, junto con un latido salvaje en el corazón.

Aquiles lo vio, lo sintió y por eso se inclinó despacio, hasta rozar sus labios sobre los de ella; fue apenas un toque, pero suficiente para que Blair cerrara los ojos.

Luego bajó la boca hasta su oreja.

—Mantén esa virginidad intacta —ordenó, aliento caliente golpeándola—. Porque cuando llegue el momento, voy a entrar tan profundo que vas a gritar mi nombre hasta quedarte sin voz, pero también vas a suplicarme que no pare.

Ella jadeó y Aquiles la soltó de golpe, dio media vuelta y se fue sin mirar atrás.

De vuelta al presente, en el asiento trasero del coche, él se acomodó la erección con una mano.

Dolía.

El recuerdo lo había dejado al límite.

Apagó el teléfono y la pantalla se quedó negra.

—Muy pronto, Blair —murmuró para sí mismo—. Muy pronto nos veremos.

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