En la comisaría.
Chela miraba a su hija con desesperación. —¡Marisol, tienes que hacer algo! ¡Sácame de aquí, no quiero ir a la cárcel!
—¡¿Y qué quieres que haga?! —estalló Marisol, mirándola con furia y asco—. Teníamos un cerdo engordando en la casa, ¿qué necesidad tenías de ir a robarle la carne y las salchichas a don Hipólito? ¡Y el celular, por Dios! ¡¿Qué tienes en la cabeza?! ¡A plena luz del día! ¡¿Cómo pudiste ser tan estúpida para no pensar que alguien te vería?!
—Todo es culpa de tu padre... —gruñó Chela. Solo de mencionarlo, su rostro se contorsionó por la rabia y sus ojos parecieron lanzar fuego.
—¡Ese bueno para nada, inútil! Debí estar ciega para casarme con un cobarde como él. ¡Ni siquiera sirvió para echar aguas!
Marisol se llevó una mano a la cabeza, frustrada. —¡Ese no es el problema, mamá! ¡El problema es que no tenías por qué ir a robar!
—Hija, es que la carne que prepara el viejo huele tan bien... y justo vi que dejó la puerta abierta. Como sabía que tú no la habías probado, pensé en llevarte un poco. Ay, mi niña... —Chela la miró con los ojos llenos de lágrimas falsas—... ¡Todo lo hice por ti!
—¡Basta ya! —rugió Marisol, perdiendo los estribos—. ¡Toda la vida has usado esa excusa! ¡Siempre dices que haces tus porquerías por mí! Te aprovechas de todo el pueblo diciendo que es por mi bien. ¿Sabes la vergüenza que me haces pasar? ¡Por tu culpa nadie quiere acercarse a mí!
Llevaba más de veinte años guardándose eso y ahora, como si una represa se hubiera roto, dejó salir todo el veneno.
—Si no hubieras echado a mi primo Mateo a la calle, si no te hubieras negado a mantenerlo, ¡ese dinero de su pensión ahora sería nuestro!
Chela se enfureció al escuchar eso. —¡Marisol Montes! ¡A mí no me grites! ¡Soy tu madre! ¡¿Encima me vas a echar la culpa de todo?! Tú sabes lo pobres que éramos, ¡apenas teníamos para comer! No podíamos mantener a dos niños.
Marisol soltó una risa amarga. —¿Y crees que don Hipólito era rico? ¡Él tampoco tenía nada y aun así lo crio hasta hacerlo un hombre! ¡En el fondo solo eres una egoísta y no tienes corazón!
—¡Maldita malagradecida! —gritó Chela, roja de ira—. ¡¿Ahora te crees mucho, verdad?! ¡Soy la mujer que te parió!
—Si pudiera elegir, te juro que preferiría no ser tu hija —respondió Marisol con desprecio.
—¡¿Qué dijiste?! ¡A ver, repítelo si te atreves, niñata insolente! ¡Te voy a romper la cara!
—Entonces no esperes que yo mueva un dedo para sacarte de aquí.

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