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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 958

Nerea, de pie a un lado, tomó un trozo con los palillos y se lo acercó a los labios a Emilia. —No te lo voy a pelear.

Emilia miró el trozo translúcido de grasa y dudó por un segundo. —Es pura grasa.

—Es deliciosa y no empalaga nada. Pruébala y me dices.

Emilia alzó una ceja, mirándola con sospecha. —Eres mi mejor amiga, no me engañarías con esto, ¿verdad?

—Si no la quieres, se la doy a Leo.

No había terminado de hablar cuando Emilia le dio un mordisco rápido.

—Uno, dos... —Nerea, muy segura de la sazón de la carne, empezó a contar en voz alta.

Justo al llegar a dos, los ojos de Emilia se abrieron de par en par.

Miró a Nerea con total incredulidad y soltó una ráfaga de preguntas existenciales:

—¡¿De verdad esto es grasa?!

—¡¿Por qué la grasa sabe a gloria?!

—¡¿Cómo puede ser tan deliciosa?!

—¡Es la primera vez en mi vida que pruebo algo así! ¡Qué maravilla!

—Amiga hermosa, ¿me das otro trozo? —Emilia le sonrió, pestañeando inocentemente.

Don Hipólito, que estaba en una esquina mezclando el alimento para los patos, infló el pecho con orgullo. —Mis cerdos son criados con puro grano y sobras limpias, nada de alimentos procesados. La materia prima es de primera, y si a eso le sumas el ahumado que les damos, el sabor es espectacular. Cuando te vayas, muchacha, el abuelo te preparará un buen paquete para que te lleves.

—¡Ay, gracias, abuelo!

...

La comida llegó a la mesa.

Había carne ahumada con ajos tiernos, salchichas especiadas, un caldo de pollo dorado y reconfortante, pollo picante, pato guisado, chicharrones salteados con raíz de cilantro cimarrón, huevos revueltos con cebollín y una sopa de albóndigas de cerdo con brotes de guisantes.

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